El amor que se dirige al prójimo y hace que los discípulos se amen los unos a los otros, es el propio amor de Dios. Por eso, él es inmortal y ya constituye en el presente la realidad de la vida eterna.

“A fin de que el amor con que me amaste esté en ellos” (Juan 17,26). El amor del Padre para con el Hijo está en los discípulos y se manifiesta por el amor al prójimo. Pues la respuesta al amor del Padre es el amor al Padre, pero el amor al Padre es, en la realidad, el amor al prójimo. El prójimo es la presencia del Padre y no tenemos otro medio de amar al Padre. Amar al Padre no se hace por medio de palabras, por gestos de devoción o por otros actos simbólicos. El amor al Padre se realiza por medio de actos concretos aquí en esta tierra- actos de amor al prójimo.

“Para que sean uno, como nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en mí” (Juan 17, 22-23). El amor del Padre tiene su modo de ser entre los seres humanos: el amor al prójimo, que hace la unidad entre los seres humanos, es exactamente el amor que hay entre el Padre y el Hijo.

Permanecer en el amor de Jesús es aplicar su mandamiento. Ahora bien, ese mandamiento es el amor de los seres humanos los unos para con los otros . (Cf. Juan 15,12). “Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y a él vendremos y en él estableceremos morada.” (Juan 14,23). ¿Y quién ama a Jesús? “Quien tiene mis mandamientos y los observa es el que me ama” (Juan 14,21). Ahora bien, el mandamiento de Jesús es uno solo (cf. Juan 13,34-35; 15,12.17).

El amor de Dios no es cultual, religioso, sino es la vida común- con todas sus implicaciones terrestres. En Dios el amor no es cultual: no está en el culto que el Hijo o el Espíritu Santo prestarían al Padre. El amor entre las personas divinas- el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo- es el don de la vida, la propia vida que consiste en dar vida, no es actividad de culto recíproco. Eso ocurre igualmente con nuestro amor- que es el amor de Dios en nosotros: no es hecho de símbolos, y sí de don real, de vida real.

Eso no excluye que haya fenómenos místicos, expresiones místicas de amor a Dios. Pero el amor de Dios es una realidad que supera toda mística, por más sublime que sea. El cristianismo transforma las religiones, se expresa con formas religiosas, pero en sí es una realidad superior a cualquier religión, por ser el verdadero amor del Padre, y no expresión simbólica de amor. Por el amor a los hermanos, los discípulos de Jesús participan de la propia vida de las personas divinas. La religión es un sistema simbólico que puede envolver todos los pensamientos, todos los sentimientos y toda la psicología humana, pero el amor no es ese sistema simbólico. En la religión hay muchos elementos que pueden estar al servicio de la caridad. Pero nadie se salva por haber pertenecido a alguna religión, sino solamente por el amor que dedicó al prójimo necesitado.

 

 

 

(Ultimo Párrafo (15) del Capítulo 3:“El amor”, de la obra: “El Camino”, “ensayo sobre el seguimiento de Jesús,” del teólogo José Comblin, Paulus 2004, Sao Paulo.)