EL CAMINO

 

                                                         Ensayo sobre

                                          El seguimiento de Jesús

 

 

                                                         José Comblin

 

 

PRÓLOGO

 

Algunos amigos me pidieron que escribiera un libro destinado a un público más amplio, tratando de la vida cristiana y del cristianismo. Ya existen obras muy buenas que tratan esa temática. De todos modos, sin querer competir de modo alguno, ofrezco estas reflexiones.

El camino fue, con certeza, uno de los primeros nombres que los cristianos dieron a su nueva vida de convertidos a Jesús. Para ellos la vida nueva era un camino nuevo, y lo que Jesús les pedía era que lo siguiesen en ese camino. En el comienzo todo era muy simple. Con el pasar del tiempo el cristianismo dio origen a una religión. Una religión es un sistema de creencias, ritos, preceptos morales e instituciones dirigidas por un cuerpo especializado. Hay muchas religiones en el mundo y cada cultura elaboró una religión que, habitualmente, constituye el centro de su vida cultural.

Jesús se insertó en la religión de Israel, pero la rechazó y por eso fue muerto como hereje y traidor de su religión. Más tarde los cristianos adoptaron elementos del Antiguo Testamento y de las religiones de los países en que se instalaron, formando una nueva síntesis. Los elementos de la religión fueron adaptados al mensaje y a la vida de Jesús. Durante mucho tiempo hubo teólogos que enseñaron que el conjunto cultural que constituye la Iglesia de hoy es  el desarrollo homogéneo del núcleo fundado por Jesús. Pero no es tan así. Jesús no fundó ninguna religión, y  la religión cristiana integró muchos de los elementos de las religiones pre-existentes. Muchas cosas vienen del Antiguo Testamento, de la filosofía griega, del derecho romano, del politeísmo de los pueblos del Mediterráneo, de las prácticas religiosas de los irlandeses, de los pueblos germánicos y otros. Todo eso constituye una síntesis, que está en evolución permanente. Por otra parte, no debe haber sólo una religión cristiana, sino muchas — de acuerdo con la multiplicidad de las culturas, cada una con  sus tradiciones religiosas.

En la realidad, hasta ahora, los cristianos elaboraron dos grandes sistemas religiosos: la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Hubo también algunas realizaciones menos extensas como la Iglesia de Etiopia, fundada a partir de la Iglesia de Egipto, pero con profundas transformaciones. Hubo un cristianismo en la India y otro en la China, llevados por los nestorianos, pero la Iglesia china antigua desapareció sin que se sepan cuáles fueron las razones históricas. No hubo aún formación de sistemas religiosos en las grandes culturas de Oriente, ni entre las poblaciones indígenas de América o de Oceanía.

El seguimiento de Jesús es una cosa y la religión, otra. La tradición de la Iglesia siempre fue la distinción entre las virtudes dichas teológicas - fe, esperanza y caridad -, que son dones de Dios, y la virtud de religión que es virtud natural, formada por los pueblos dentro de sus culturas. La religión es una creación humana, nacida de un intenso trabajo cultural. El seguimiento de Jesús no es producido por ninguna cultura y puede ser vivido en todas las culturas. 

En este momento en que se multiplican los contactos entre los cristianos y las otras culturas, es importante distinguir entre aquello que es fundación de Jesús, seguimiento de Jesús, camino de Jesús, y lo que es elaboración cultural a partir de elementos sacados de otras religiones, por medio de modificaciones más o menos profundas.

En este ensayo, no vamos a tratar de la religión, ni de la Iglesia de Occidente o la de Oriente, sino sólo del camino de Jesús.

Éste se vive en el contexto de una religión, pero es superior a ella, y permanece crítico con relación a todas las religiones. 

 

 

Jesús criticó radicalmente la religión de su pueblo, y los cristianos también deben criticar la religión - en primer lugar, la suya -, porque ésta siempre tiende a apartarse  del camino de Jesús y volverse autónoma, dando satisfacción  a las necesidades o a los deseos religiosos de los pueblos, pero sin referencia al Reino de Dios. La historia del cristianismo es la historia del desarrollo de religiones llamadas cristianas y de la crítica de esas religiones en nombre del camino de Jesús.

Con el correr del tiempo el cristianismo llegó - en muchos casos - a identificarse de tal manera con la religión, que muchos ya no perciben la diferencia y encuentran que son cristianos simplemente porque se someten a todas las prescripciones de su religión. De este modo, alguien puede ser católico riguroso e ignorar el mensaje y el camino de Jesús. 

Puede practicar todos los ritos, aceptar todos los dogmas, obedecer ciegamente las normas de la institución y observar la moral, y, al mismo tiempo, estar fuera del camino de Jesús. El conflicto de Jesús con los sacerdotes, los doctores y los fariseos tiene su origen exactamente  en esa situación. Los que practicaban perfectamente  su religión, y tenían el  orgullo de ser modelos de fidelidad, eran, en realidad, como decía Jesús, hijos del diablo, y, por eso, no vieron nada de divino en el camino de Jesús.

En medio del mundo actual, necesitamos ser capaces de expresar lo que Jesús vino a traer al mundo. Si él vino a convocar a la humanidad para seguir  su camino, importa - en primer lugar — saber exactamente cuál es ese camino que debemos mostrar. La religión vendrá después, de acuerdo con la cultura de cada pueblo.

La  religión es la parte más visible de la Iglesia, y, por eso, puede ocultar lo principal, que es el camino. El camino es más humilde, menos visible, no llama la atención. Por eso muchas personas que miran al cristianismo desde afuera, no saben realmente lo que es, porque lo identifican con aquello que no es propiamente cristiano, sino que es la inserción del cristianismo en una cultura.

 

 

 

                                                          

                                                           Capítulo 1

 

                                                          

 

                                   La Esperanza

 

 

 

1. INTRODUCCIÓN

 

           En su gran tratado de teología moral Libres y fieles en Cristo — Teología moral para sacerdotes y laicos, el P. Bernhard Häring decía que la Edad Media entendía toda la vida cristiana en torno al amor. La Reforma y la Contra-Reforma concentraron la vida cristiana en la fe. En nuestra época, por única vez, se concentra la vida cristiana en la esperanza. Estamos en un tiempo en el que es preciso mirar la vida cristiana en torno a la esperanza. La esperanza es la puerta de entrada en la vida cristiana en esta época histórica  que estamos viviendo1.

  En los primeros tiempos del cristianismo también predominaba la esperanza, pero era la esperanza en una vuelta inminente de Jesús - no dirigida a este mundo, sino al mundo que había de venir.

 

            En la cristiandad medieval, la teología dominante - que era la de la institución eclesiástica -, se inclinaba a pensar que el Reino de Dios ya estaba realizado en esta tierra. No había más nada que esperar en este mundo a no ser la segunda venida de Cristo. En la cristiandad el Reino de Dios estaba realizado.  Sus miembros debían protegerlo y defenderlo. Era necesario vivir el Reino de Dios en el presente. Este Reino era la presencia de la caridad que impregnaba el tejido de la sociedad. La caridad estaba encarnada en la sociedad cristiana, fundamentándola. Esa era la doctrina oficial. De hecho, hubo un florecimiento inmenso de obras de caridad durante la Edad Media, sobre todo a partir del siglo XI. Pero, al lado de ese magnífico desarrollo del amor cristiano, hubo también enorme corrupción – sobre todo porque la mayor parte de la jerarquía no daba el ejemplo que de ella se esperaba.

  Como bien sabemos, la caridad era el ideal - y la ideología - de la institución. En la práctica hubo  guerras, la Inquisición, las Cruzadas, la dominación de la pobreza, la riqueza del alto clero y así en más. Por eso, durante siglos, hubo protestas y resistencia en el seno del pueblo, sobre todo por boca de profetas que mostraron la realidad. En  la historia de la cristiandad  se pueden encontrar anuncios apocalípticos que defendían la venida inmediata de Cristo para purificar a su Iglesia y establecer  su verdadero Reino.

  Del seno de la cristiandad, durante siglos, se levantó el grito de "¡reforma!". Pero la reforma no llegaba. Crecía el sentimiento de que la cristiandad era una vuelta al paganismo, y no al Reino del amor. Durante siglos hubo quienes esperaron una reforma. La espera no fue en vano, y llegó en forma de insurrección contra el Papa y la jerarquía. Pero no fue aceptada y terminó  en un cisma.

  Sin embargo, el proyecto de los reformadores no era la restauración de la caridad en la justicia para con el pueblo de los pobres. Los reformadores que defendían ese proyecto (Th. Münzer y otros) fueron derrotados. Los que prevalecieron eran clérigos y sentían que el problema básico de la cristiandad era de tipo doctrinal o teológico. No vieron que el problema era  la ausencia de amor a los pobres. Querían volver a la afirmación de la fe verdadera contra la paganización de la cristiandad. Lutero fue radical en la afirmación de la fe como único camino de salvación, condenando el conjunto de las instituciones de la cristiandad como retorno de los cristianos al paganismo. Hizo de la fe el centro de la salvación. No se

preocupó por la suerte de los pobres y oprimidos de este mundo. Él separó los dos reinos: el reino terreno – que  no tiene nada que ver con Cristo y no salva -, y el Reino de Cristo - que no está ligado a este mundo y  donde se vive en una pureza no contaminada por el paganismo. La influencia de los reformadores fue determinante y abrió una nueva era en la historia del cristianismo: la era de la fe. En esto la Contra-Reforma católica siguió las huellas de la Reforma protestante.

  La cristiandad había unido Iglesia y mundo, de tal modo que casi se confundían, formando una sola realidad. La Reforma reaccionó separando radicalmente a la Iglesia del mundo: la proclamación de la fe fue un rechazo del mundo y la llegada de una religión sin ninguna mediación entre Dios y los creyentes, para evitar toda infiltración de paganismo. La cristiandad medieval había establecido una serie de mediaciones: la intercesión de María, los santos, los sacramentos y las prácticas penitenciales. Los reformadores suprimen todo esto. Todo en el mundo es pecado – también las prácticas propuestas por la Iglesia medieval. Con el mundo no hay conciliación posible - y tampoco con la Iglesia contaminada por el mundo -, pues el pecado es radical y lo que nos salva del pecado es la fe - solamente la fe. La fe es lo que nos salva del mundo. La  fe salva  nuestras almas.

  La Contra-Reforma católica, sin embargo,  manteniendo las instituciones medievales, les cambió el contenido, e hizo también de todo el sistema institucional un soporte para salvar las almas. La misión de la Iglesia ya no era más salvar al mundo, a la sociedad entera, sino salvar las almas. La Iglesia católica entregó el mundo a los monarcas católicos. Se dedicó a la fe; porque, como los protestantes, la Iglesia católica se concentró en la defensa de la fe. La fe distinguía a los cristianos de los paganos y era la base de la salvación. Quien no profesare la fe no podía salvar  su alma. Católicos y protestantes dieron prioridad a la fe. Para los protestantes, el objeto de la fe era la Biblia y, para los católicos, el magisterio de la Iglesia. Para ambos, el objeto central del cristianismo era la fe. Para defender los contenidos objetivos de esa fe hubo un combate que duró más de 400 años. Ese conflicto desprestigió al cristianismo a los ojos de muchas personas sabias.

 

1) Cf. B. Haring, Libres y  fieles e Cristo - Teología moral para sacerdotes y laicos, t. II, Paulus, Sao Paulo, 1982, p. 363.

 

  Además, esa competencia entre católicos y protestantes acentuó todavía más la acusación de "idolatría" hecha al catolicismo, y los católicos sentían el deber sagrado de defender la fe contra las "herejías" protestantes. La fe estuvo bastante condicionada por la lucha de las religiones: para los católicos el criterio de fe era la lucha contra los protestantes, y para los protestantes el criterio de fe era la lucha contra el "papismo".

  Como bien sabemos, el cristianismo llegó al nuevo continente todavía en la época de la cristiandad, o sea, en la era de la caridad. Esta se extendió durante todo el reinado de Carlos V, el último rey medieval – el primer rey de la Contra-Reforma fue Felipe II. Los primeros misioneros todavía traían la mentalidad de cristiandad: para ellos la misión tenía por objeto la expansión de la cristiandad o, para algunos, la fundación de una nueva cristiandad en América. Por eso los primeros misioneros se levantaron contra los crímenes de los conquistadores que comprometían y volvían imposible una sociedad cristiana entre los indígenas.

  Pero enseguida, desde Felipe II, la misión tiene por objeto salvar las almas y no se preocupa más de los asuntos de este mundo. Estos son entregados a los reyes y la Iglesia pasa a dedicarse a las almas. Ya no se trataba más del Reino de Dios en América Latina. Los religiosos fueron invitados a permanecer en los conventos y  los curas en las sacristías. El problema de la Iglesia no fue el exterminio de los indios o la esclavitud de los negros africanos, sino la pureza de la fe, el peligro protestante, la lucha contra cualquier infiltración  de herejía. También en América Latina, donde nunca hubo Reforma, la Inquisición fue establecida para luchar contra las infiltraciones protestantes. En América Latina, el catolicismo de la Contra-Reforma tridentina continuó hasta el Vaticano II con poquísima resistencia. Hasta las vísperas del Concilio era la forma de catolicismo aceptada por casi todos, identificándose con el cristianismo. Pocos dudaban del valor absoluto del sistema católico reinante. Para casi todos, la misión del cristianismo era salvar las almas.

  La Iglesia, como fortaleza de la fe en la lucha contra la herejía, alcanzó el auge del  poder en el siglo XVII. A partir del siglo XVIII aparecerán relevantes señales de evolución de la sociedad occidental, pero la jerarquía y el clero no tomaron conciencia de eso, y no supieron explicar porqué gran parte de la élite intelectual se apartó de la práctica católica y comenzó a criticar abiertamente a la Iglesia. Las críticas se multiplicaron. Después de la etapa de la independencia,  América Latina conoció gobiernos anticlericales - incluyendo persecuciones violentas contra la Iglesia, como pasó en México. La jerarquía no supo interpretar lo que estaba sucediendo. La teología que la jerarquía había aprendido en los seminarios no le daba suficientes elementos para la interpretación. Todo debía ser obra del diablo. Como se sabe, el diablo es muy útil: sirve para explicar todo lo que no se consigue explicar, por ignorancia o pereza intelectual.  Todo se atribuía a una conspiración de la Masonería, sin explicar porqué esa conspiración encontraba tantas adhesiones.

  Hasta el siglo XX, la Iglesia católica y las Iglesias separadas, casi todas, permanecerán ciegas, obcecadas por las  luchas  respecto a la doctrina y de la fe, sin darse cuenta de que aquello era obsoleto y no tenía más importancia porque el mundo moderno comenzaba a emanciparse tanto del protestantismo como del catolicismo. La sociedad occidental, formada en los orígenes por el cristianismo y por la cristiandad, había comenzado a emanciparse radicalmente en el siglo XVIII. Apareció, entonces, la distinción entre lo antiguo y lo moderno. Moderno es la novedad, el trabajo de la ciencia, de la tecnología, de la nueva concepción de la sociedad. Moderno es pensar que el hombre se hace a sí mismo, que el mundo no está en las manos de Dios, sino de los hombres. Moderno es creer en la conquista del mundo y del propio ser humano por el ser humano. Es creer que los hombres se hacen a sí mismos. La modernidad no niega necesariamente la existencia de Dios en el origen del mundo, pero entrega el mundo al ser humano, que allí demuestra su capacidad. Esto comenzó hace 3 siglos y creció, alcanzando una proporción cada vez mayor de la población. A medida que los hombres primero y después también las mujeres - ya en el siglo XX – se volvieron concientes de que pueden cambiar el mundo, la visión estática de la cristiandad - también la reformada -, empezó a ser rechazada.

  Nació entonces el concepto moderno de historia, que es la construcción progresiva del mundo y del propio ser humano por la humanidad. Es el descubrimiento del hombre como creador de la sociedad y del mundo. Nació el concepto de progreso. Nació una formidable esperanza de un mundo nuevo creado por los seres humanos. Nació la esperanza de ver un mundo emancipado de las fuerzas reaccionarias de las Iglesias, caminando libre de las ataduras de una estructura estable e inmutable a las cuales las Iglesias daban un valor divino absoluto. La lucha contra las Iglesias era la condición de la libertad humana, la.condición de la emancipación del género humano, el inicio de una historia realmente humana.

  A partir del siglo XX, aparecerán teólogos cristianos, o también filósofos de la historia, que encuentran que ese formidable movimiento de esperanza que anima al mundo moderno procede del propio cristianismo, constituyendo una forma secularizada de él. No por nada, durante 200 años por lo menos, las Iglesias como instituciones consideraron la modernidad como su mayor enemigo. Los Papas pronunciaron condenas  rigurosas. Pocos se atrevían a buscar un acuerdo de convivencia entre el cristianismo y el mundo moderno. 

 

En la Iglesia católica, el pontificado de Pío IX inauguró un período de más de 100 años de lucha radical contra la modernidad - considerada como la síntesis de todas las herejías. Los católicos fueron obligados a evitar cualquier tipo de aproximación con la modernidad. Los escritos que trataban de la modernidad fueron puestos en el índice de los libros prohibidos. Leer un texto de un autor moderno era pecado mortal. Los cristianos más lúcidos, percibiendo que esa actitud era absurda, contraria al cristianismo - y suicida, por apartar a la humanidad de la Iglesia -, fueron relegados a una clandestinidad casi completa.

  Frente al gigantesco movimiento de esperanza de la modernidad, las Iglesias no tenían otra esperanza a no ser la de la salvación de las almas. Habían perdido el sentido de la esperanza cristiana y eran incapaces de ofrecer una respuesta al mundo nuevo que surgía. Las Iglesias habían perdido la clave de la lectura de la Biblia, y la trataban más bien como un fetiche.

  Jürgen Moltmann, el mayor teólogo cristiano de la segunda mitad del siglo XX, narra cómo descubrió  su vocación teológica. Moltmann era un joven profesor de teología, reformado y de tendencia calvinista. Un día descubrió la obra de Ernst Bloch, filósofo marxista heterodoxo - que tuvo que dejar de enseñar en Leipzig para buscar refugio en Alemania occidental. Bloch escribió una obra sobre El principio esperanza2

Ese libro tuvo en la teología cristiana - protestante primero, pero también en la católica - profunda influencia. El marxismo de Bloch era bastante humanista y daba a la subjetividad una importancia que la ortodoxia marxista no podía tolerar. La razón por la cual  era rechazado por la ortodoxia marxista era justamente lo que lo volvía más atrayente para los cristianos.

  En determinada ocasión, Moltmann fue a pasar unos días a Ticino - cantón suizo de lengua italiana - y llevó el libro de Bloch. La lectura de ese libro fue para él tan impactante que ni se dio cuenta de la belleza de las montañas suizas. Ante esa obra, Moltmann quedó choqueado: "¿Porqué la fe cristiana dejó escapar ese tema de la esperanza que le pertenecía? ¿Dónde quedó, en el cristianismo actual, el espíritu cristiano de los primeros tiempos?". Provocado por Bloch, resolvió iniciar un trabajo sobre la esperanza, con una obra paralela a la de Bloch en la tradición cristiana. De allí  surgió el libro publicado en 1964 sobre La teología de la esperanza3, verdadera revolución en la teología europea de entonces. Estaba en el comienzo de  un giro completo, destinado a repercutir profundamente en la vida de las Iglesias.

  La teología de la esperanza abrió una época nueva para la teología cristiana, permitiendo que entrara finalmente en diálogo con el mundo moderno. Era lo que faltaba para la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II.

  Hasta entonces, el capítulo de teología moral sobre la esperanza repetía algunos temas de la escolástica sobre la virtud de la esperanza, sin ninguna relación con el mundo contemporáneo. La escatología cristiana tradicional comentaba  los fines últimos del individuo humano: muerte, juicio, infierno, cielo, resurrección de la carne, juicio final. Se ocupaba muy poco de lo que tuviese relación con este mundo. No enseñaba nada de esperanza para este mundo, que era el centro del pensamiento contemporáneo.  Mientras tanto, era evidente que el tema de la salvación del alma dejaba de ser relevante para todas las personas con formación moderna. 

 

La Iglesia parecía indiferente a todo lo que estaba sucediendo en el mundo, no participaba de la esperanza de la humanidad y ante el optimismo por las conquistas humanas, anunciaba, con profundo pesimismo, la autodestrucción de este mundo por apartarse de la ortodoxia de la Iglesia. Teilhard de Chardin, uno de los primeros en darse cuenta del comportamiento suicida de la Iglesia, fue castigado con la prohibición de publicar cualquier escrito relacionado con la teología o la fe cristiana.

  La  novedad de la teología de la esperanza se dio repentinamente. Fue siendo preparada, de forma subterránea, por algunas evoluciones importantes. En la base de todo estaba, en el inicio del siglo XX, el resurgir de la escatología cristiana - bíblica y tradicional - hecha por J. Weiss y A. Schweitzer. Estos autores mostraron, con evidencia irrefutable, que el cristianismo nació y se expresó en un lenguaje totalmente diferente de las categorías de la filosofía y del espíritu griego. Más tarde la Iglesia hizo una traducción del cristianismo para el lenguaje griego, pero originalmente no fue así. 

 

Y la helenización del pensamiento cristiano fue lo que impidió que los cristianos entrasen en diálogo con el mundo moderno. 

La teología helenizada era un obstáculo insuperable. Sin querer, los cristianos siempre querían imponer  su interpretación helenizada a un mundo que ya se había emancipado de ese pensamiento, como si el pensamiento griego perteneciese a la esencia del cristianismo, cuando, en realidad, le impedía una interpretación más correcta. En el pensamiento griego la esperanza no ocupa ningún lugar. No hay ninguna escatología griega. Ese mundo es estático, no cambia y  no tiene futuro.

Weiss y Schweitzer mostraron que el cristianismo fue radicalmente judaico y se anunció en formas judaicas - de acuerdo con el conjunto de libros que forman lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. Ahora bien, el pensamiento bíblico es esencialmente escatología. 

En el  centro está la escatología y todo el resto debe ser entendido dentro de y en referencia a la escatología. No tiene sentido preguntar sobre el ser. El ser humano está en camino, rumbo a la plena manifestación de su ser. El no es lo que es, sino lo que será un día, después de una larga marcha. Dios es aquél que conduce esa marcha. Solamente se puede entender al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob a partir de la escatología. Es aquél que llama para que los seres humanos busquen  su verdadero ser, mas allá de lo que son. Esto vale para los individuos y para la humanidad como un todo.

  La escatología cristiana es diferente de la escatología marxista o moderna en general. Ésta encuentra que la marcha de la humanidad se realiza mediante el desarrollo de factores económicos, por el trabajo humano, en una continuidad que se manifiesta, por ejemplo, en la evolución de las ciencias, de las tecnologías o de los regímenes de la sociedad humana. En la escatología cristiana el desarrollo de las fuerzas naturales no basta, pues puede destruir o construir a la humanidad. No construye por sí mismo. El mundo abandonado a su dinamismo natural crea una sociedad injusta, opresora, en la que algunos más fuertes oprimen a los más débiles. La historia humana no es hecha por factores caprichosos sino por hombres concretos y pecadores. La salvación no viene por la acción de factores materiales por sí sola, sino que necesita  la conversión de los seres humanos. Es donde Dios interviene. Después Dios no interfiere en la evolución de las fuerzas materiales, sino en el interior de los seres humanos que son responsables de la aplicación de las fuerzas materiales.

 

2) Cf. Ernst Bloch, Das Prinz/p Hoffnung, 1949.

3) Cf. J. Moltmann, Die Theoogie der Hoffnung, Munique, 1964.

 

En el caminar cristiano el avance real se hace por el llamado de los profetas. Solamente los seres humanos con  su conciencia moral pueden construir una sociedad justa, realmente humana. Los promotores de esa sociedad no son los sabios, sino los profetas - aunque los sabios sean necesarios para colocar en las manos de los hombres las herramientas  que necesitan.

  Los profetas son enviados por Dios y no pueden ser producidos por ninguna tecnología. No hay ciencia o tecnología que pueda producir un Francisco de Asís, mucho menos un Jesús. Por consiguiente, el camino se hace por medio de saltos cualitativos y no solamente por evolución cuantitativa. Dios es quien envía a los profetas, y éste es el mensaje de la Biblia: Dios envió a Abraham, Moisés, Elías, Isaías, Jeremías y los otros profetas - y también a  los nuevos profetas de la historia cristiana.

  El descubrimiento de la escatología bíblica rompió los diques que impedían la marcha de la teología cristiana, y también de las Iglesias que permanecían enyesadas por el inmovilismo de su teología - pues el clero habitualmente queda prisionero de la teología que aprendió en el seminario y  los mismos obispos se desprenden de ella con dificultad. La escatología bíblica posibilitó la liberación de la teología que se esperaba, y permitió el diálogo con el mundo. Desde que la teología helenizada por la escolástica deja de ser la referencia obligatoria, es posible conversar con una humanidad que ya no está más orientada por el pensamiento griego. Toda la evolución teológica del siglo XX fue posible gracias a esa ruptura con una interpretación griega de la Biblia. Por ejemplo, la teología latino-americana de la liberación habría sido imposible sin la revolución exegética de comienzos del siglo pasado, pues la categoría "historia" no entraba en el pensamiento cristiano y el inmovilismo era tenido como señal de la divinidad del cristianismo y de la Iglesia.

 

            Hubo y hay todavía resistencias. En la mayoría de las escuelas católicas de Teología, la resistencia continuó hasta el Vaticano II - y seguirán habiendo escuelas que no se atreven a aceptar el Concilio. En el mundo protestante también hay, sobre todo en los Estados Unidos, una fuerte resistencia. No obstante, esas son batallas de retaguardia que estarán, finalmente, perdidas.

  Si el cristianismo es un camino - viniendo de un pasado, viviendo un presente precario y rumbo a un futuro desconocido -, claro que la esperanza es la disposición fundamental del cristiano, la base de su vida. Estamos lejos de la preocupación por la salvación del alma. Nuestra vida es el Reino de Dios en este mundo, las promesas, a espera de los dones del Espíritu, la aspiración para la revelación del Espíritu y el discernimiento, el refugio y el coraje,  la audacia, palabra evangélica básica, frente a un futuro todavía inseguro, pero dentro de este mundo en primer lugar. Pues quien se salva en este mundo, ya está salvo para la eternidad. Todo el drama de la vida se realiza en este mundo, y no en la salida de este mundo.

 

2. LA ESPERANZA DE LOS VENCIDOS

 

La esperanza no es la misma en todas  partes del mundo. Estamos en América Latina. ¿Cuál es el mensaje de esperanza en este continente? ¿ Qué es lo que caracteriza a este continente frente a un mensaje de esperanza?

  Lo más característico - lo que más se distingue de los otros continentes - es que se trata de un continente de vencidos, que asimilaron profundamente esa condición. Hay muchos matices y diferentes realidades entre ellos, pero la situación predominante es la de pueblos que fueron vencidos a lo largo de su historia - y reaccionaron de manera tal que significó la aceptación de la condición de vencidos.

  Sucede que el mensaje cristiano es mensaje de esperanza sobre todo para los vencidos. Jesús vio que los campesinos de  Galilea  era oprimidos por los sacerdotes del templo, por los propietarios de la tierra y por los romanos que cobraban impuestos impagables. Esos campesinos formaban un pueblo sin futuro y sin horizonte, un pueblo humillado hasta por los que se decían representantes de Dios y depositarios de la salvación. Ese pueblo se refugia en la espera del fin del mundo, por no encontrar más ningún valor en éste. Jesús viene como una señal de esperanza para ese pueblo vencido. De repente, todos los rostros se iluminan - los enfermos quedan curados, los desanimados cobran coraje -, un horizonte se abre, se vuelve posible vislumbrar un futuro. Jesús fue la señal de esperanza. Su andar por las aldeas de  Galilea despertó un fermento de entusiasmo y de esperanza. Ese es el núcleo, el punto de partida de todo el cristianismo, que no se puede apartar de los orígenes so pena de perder  su sentido y  su fuerza.

  Jesús fue para  Galilea. La opción básica por ese lugar ya era buena-nueva, evangelio. Jesús no necesitaba hablar mucho. El escoger al pueblo de Galilea para realizar sus señales hablaba por sí mismo. La evangelización no precisa  muchos discursos, el escoger acertadamente el lugar donde la gente está es esencial para eso.

  Jesús, en sus palabras y actos, despierta la esperanza. Otro mundo está llegando para los pobres y humillados, pues la buena-nueva es para ellos. 

 

Para los otros no hay buena-nueva, sino una severa advertencia: si no se vuelven hermanos de los pobres, no tendrán parte en la esperanza. Con esto, lo esencial está dicho: hay esperanza para los vencidos, una puerta está abierta para los que quedaron prisioneros de la pobreza, de la humillación, del rechazo y de la exclusión.

  Esa es la referencia absoluta, impostergable y, a mismo tiempo, un desafío. Los discípulos de Cristo ¿siempre fueron para  "Galilea"? ¿Y hoy, están en "Galilea"? 

Muchos, entre aquellos que se dicen católicos, se concentran en las partes visibles de las ciudades, allí donde se excitan los deseos para vender satisfacciones, en conexión con los poderosos, asociados a los sacerdotes, a los doctores, a los propietarios. Algunos van a la "Galilea" de su país, pero son pocos. La relativa esterilidad de la evangelización no tiene otra explicación. Es urgente ir para  "Galilea". Quien hace eso, se vuelve señal de esperanza. ¿Cuál es el lugar privilegiado de la esperanza? Exactamente esa Galilea.

  Pero tenemos falta de fe. Tener fe es creer en el camino de Jesús y volverse, como él, señal para los desesperados. La mies es grande entre los pobres de la tierra y los operarios son pocos para ir a su encuentro anunciándoles la liberación. Los llamados a vivir de esperanza son los vencidos de la humanidad.

  Los conquistadores, que siempre fueron y todavía son minoría, no necesitan  esperanza. Ellos viven en el presente. Se apoderan del oro y de todas las riquezas naturales, usan el trabajo de los indígenas, de los negros o de los mestizos para extraer esas riquezas. No piensan en el futuro, sino en el presente.  Su preocupación es garantizar la posesión de todo lo que consigan conquistar. Esa es también la actitud de la mayor parte de las élites. Extraen las riquezas del país y gastan  su fortuna en los países del Primer Mundo. Quieren gozar, no necesitan de esperanza. La codicia sustituye a  la esperanza

  Pero  la esperanza puede ser la opción de los conquistados, de los vencidos por una larga historia de conquista. Entre ésos, se encuentra la inmensa mayoría de la población.

  En el comienzo estaba el grito de los indios. Algunos pudieron escribir, en México, en Guatemala, en el antiguo imperio azteca o en el imperio de los Incas y, de esa manera,  su grito llegó hasta nosotros. La mayoría no podía escribir. Pero hubieron voces de misioneros que transmitieron los gritos de dolor y de desesperación de los indios. Fueron gritos aterradores ante la destrucción de todo lo que habían edificado durante siglos, toda  su autoestima,  su confianza en la vida. De repente todo fue abatido, toda  su confianza en la vida fue destrozada. Hasta hoy el grito de los indios resuena por este continente - no solamente entre los descendientes de los primeros conquistados, sino también entre todos los otros pobres y excluidos que no tienen acceso a las riquezas de sus países. El grito de los indios continúa en la reivindicación de su tierra, y en la defensa de su cultura. Muchos pueblos indígenas son llevados "por la corriente": emigran para las ciudades porque no hay más condiciones de vida en sus tierras ancestrales. Otros ven impotentes  sus tierras conquistadas por las empresas modernas, son víctimas de una economía que se desarrolla excluyéndolos, sin que sepan lo que está pasando. Por el hecho de haber riquezas sobre el suelo donde viven, deben abandonar todo al poder del más fuerte.

  El grito de los indios continúa también en los movimientos de campesinos sin-tierra, en los movimientos de villeros o sin-techo en las ciudades, en las masas desempleadas y humilladas por la condición de exclusión.

  Igualmente, está el grito de los negros, también excluidos, el grito de las mujeres explotadas y abandonadas por los hombres, teniendo que luchar solas por la vida.

  Los indios colaboraron en las luchas por la independencia de las naciones de este continente, pero luego descubrieron que las nuevas naciones independientes habían caído en las  manos de las élites tradicionales, que se transformaron en pueblos conquistadores, muchas veces peores  que los primeros. Las nuevas naciones continuaron la conquista, porque los conquistadores habían ocupado apenas una parte del territorio, y, en el momento de la independencia, muchas tierras todavía pertenecían a pueblos indígenas. El grito continuó contra el dominio de los dueños de la tierra, del poder político y de todas las riquezas de este continente.

  Hubieron revoluciones, hechas en nombre del pueblo - que acabaron beneficiando a las élites de siempre -, como en México, en Guatemala, en Ecuador, en Chile y en Brasil. El grito continuó escuchándose.

  Hoy,  América Latina está envuelta en la adhesión a la globalización - eufemismo para identificar al nuevo imperio de los Estados Unidos. El  resultado es el aumento de la pobreza, del desempleo, de las periferias urbanas, donde se acumulan multitudes que procuran sobrevivir.

  Las élites continúan concentrando todo el producto de la tierra y del trabajo. No quieren arriesgar sus fortunas para desarrollar el propio país y prefieren la alianza con los dominadores del momento - así como, en el pasado, habían hecho alianza con las potencias colonizadoras, y con  Inglaterra cuando ésta se reveló más fuerte  que España o Portugal.  Actualmente, la alianza es hecha con los Estados Unidos y su poderío económico. Esta alianza garantiza  a las élites  dominación sobre los pueblos vencidos, que podrían ser una amenaza a  sus privilegios. Con el mayor cinismo, disfrazado con elegantes formas de buena educación, aplastan a los pobres sin compasión. Son cínicos y crueles, aunque con todas  sus buenas maneras.

  ¿Cómo hablar de esperanza para los vencidos que ya tuvieron tantas experiencias de desilusión?

  Muchas veces, en lugar de esperanza los pueblos vencidos experimentan desesperación. Frente al propio mundo destruido la primera reacción es de desesperación. La desesperación nace cuando todo parece estar perdido, cuando no se consigue visualizar más un futuro posible y todos los caminos se encuentran interrumpidos. El ser humano se siente prisionero de una situación en la cual nada puede hacer. Esta desesperación tiene lugar también entre personas que no consiguen más el acceso a la comida o al agua, que sufren las consecuencias de intemperies que destruyen todo lo que  tienen, que no consiguen tener acceso a los remedios cuando hay enfermedad grave... Una vez que esas personas perdieron todo, saben que la sociedad no tendrá compasión de ellas, salvo con algunas limosnas publicadas en los tejados para tranquilizar la conciencia.

  La desesperación es una situación límite. En ciertos casos la desesperación lleva a la fuga. Es el caso del hombre sin empleo, sin relaciones, sin amigos, que descubre que ya no es más capaz de sustentar una familia. Sólo le queda huir  lejos, sin que nadie sepa para dónde. Quiere esconder  su desesperación. Más allá de esto está el suicidio, que también puede ser provocado como fuga ante el fracaso total de la vida. A pesar de tales situaciones, muchas veces el instinto vital, la voluntad de vivir, consigue encontrar un camino para superar la desesperación y sobrevivir - aún en una situación sin esperanza. Hay también  fuga en el alcohol o en las drogas. Esa fuga es más grave porque crea dependencia y el sujeto pierde la capacidad de levantarse.

  Ante la derrota, los vencidos tuvieron dos reacciones principales: la entrega al vencedor, la sumisión con el deseo de recibir una cierta protección; o la fuga en el pasado, el recogimiento de aquello que sobrevivió al desastre, cultivando esos restos como fetiches que conservan por lo menos una identidad. Con los restos del desastre la persona conserva por lo menos algunas señales de identidad.

  La sumisión al dueño del poder es una actitud básica en las multitudes latino-americanas.  Parte del reconocimiento de la propia flaqueza que genera la conciencia de que "no hay otra salida", "no hay nada que se pueda hacer", "nosotros no somos nada". El  mayor desafío a ser enfrentado es ese sentimiento de flaqueza absoluta. Muchos indígenas acabaron sometiéndose para evitar la matanza, como medio de sobrevivir. Muchos esclavos  se sometieron para asegurar la sobrevivencia. Muchos trabajadores acabaron aceptando el régimen de la fábrica por miedo a morir de hambre. Millones andan en busca de alguna changa para sobrevivir, convencidos de que no hay otra salida.

  Esta conciencia de que "no hay otra salida" es inculcada por los dominadores. Todavía hoy las entidades financieras que dominan el mundo repiten, con acentos de absoluta certeza, que "no hay otra salida", y los latino-americanos creen y se someten. Se someten gimiendo, llorando, pero se someten. Ante el FMI, se someten - convencidos de que, ante ese poder, nada se puede hacer.

  En este caso, el mensaje de esperanza consiste en levantar el ánimo. Se trata de superar el sentimiento de incapacidad que inmoviliza tantas víctimas de un orden social opresor. 

 

Quien vio a  Mons. Leónidas Proaño enseñar, durante 30 años, a los indígenas de la provincia de Chimborazo, en el Ecuador, repitiendo siempre el mismo mensaje, tiene la medida, al mismo tiempo, de la profundidad del abismo de destrucción del ser humano y de los milagros que se pueden producir, que suceden. A los que se sienten tan débiles es preciso enseñar que la fuerza de Dios está  con ellos para remediarlo. Es necesario. enseñar que la fuerza del Espíritu está dentro de ellos. Conocen por demás  sus debilidades y, si miran sus capacidades humanas, están perdidos. No tienen poder político, económico y cultural. Son personas simplemente sin poder. Pero el poder de Dios está con ellos. Sin esta convicción no van a entrar en el ciclo de la esperanza. Esos mismos indios de Ecuador formaron movimientos sociales poderosos que son ahora fuerzas políticas con las cuales se debe contar. Como decía un hacendado: "Todo eso es culpa de Proaño. Lamento sólo una cosa: no haberle metido dos balas en la cabeza". Su crimen fue haber despertado la esperanza.

  La esperanza nace cuando las víctimas aprenden a obrar. Aprenden primero a hablar y después a obrar. Muchos viven en la sumisión porque nunca en su vida pudieron  tener iniciativas, nunca pudieron inventar nada. La experiencia les enseñó  su incapacidad. 

La esperanza comienza cuando pueden ver que son capaces de alguna cosa. Este mensaje necesita  señales. La primera señal es la persona que va a su encuentro para anunciarles   la venida de Dios, o sea, la venida de una fuerza nueva. La presencia del evangelizador ya es una señal. El mismo les dará ánimo para obrar y las acciones son nuevas señales. Delante de las señales, quien desespera levanta la cabeza y descubre la alegría porque la alegría viene de la esperanza. Los niños de los ricos enseguida pueden aprender a hacer cosas. Los niños de los pobres no saben afirmarse haciendo cosas. En las escuelas de los pobres no se aprende a hacer cosas que den confianza en sí mismo. Basta cambiar la educación y los niños descubren que son capaces.

  La otra alternativa de los desesperados es el refugio o la fuga en aquello que todavía subsiste del pasado perdido. Así hicieron muchos grupos indígenas y esclavos africanos en América Latina. Encontraron una razón de vivir en la conservación fiel de los restos de su cultura - religión, arte y expresión literaria. Frente  a la invasión de una cultura más fuerte, los vencidos procuraron aislarse evitando la contaminación o la tentación de ser cooptados. Sabían que otros se sometían y se fundían en la cultura de los vencedores permaneciendo en la periferia, como consumidores de cultura y no como creadores. Por eso se dedicaban a revivir, de alguna manera, la vida perdida, prolongando un pasado que ya no tiene más futuro. No se atrevían a pensar que podían tener un futuro. Encontraban que el futuro pertenece a los poderosos. Llegaban a afirmar con agresividad  su apego al pasado, rechazando toda asimilación de elementos nuevos. Hay grupos indígenas y negros que eligen esta alternativa.

  Ante el triunfo de la modernidad, ésta es también la actitud de muchos cristianos que anclan  su religión en el pasado y no imaginan lo que podría significar en el futuro. Mientras tanto, el refugio en el pasado es una pérdida de vitalidad. Al final, la vuelta al pasado es anticristiana. 

El Cristianismo es un camino hacia el futuro, con confianza. Aquellos que se vuelven hacia el pasado son cristianos sin esperanza, que reducen la esperanza cristiana a la perspectiva de salvación de la propia alma, sin mirar hacia este mundo del cual no se sienten solidarios.

  Hay  también muchas personas y grupos humanos que se sienten atraídos, al mismo tiempo, por la sumisión integradora y por la fuga al pasado, lejos de la cultura dominante. Pasan de una actitud a otra, en una esquizofrenia sin salida. No consiguen descubrir el camino de la esperanza.

 

3. ESPERANZA Y DESEO

 

           Hay diferencia entre deseo y esperanza. Deseos, todos los seres humanos los tienen. No se puede vivir sin deseos, porque la vida necesita ser alimentada y es necesario buscar ese alimento. Hay civilizaciones que ponen la perfección humana en la limitación de los deseos y ofrecen métodos de sabiduría para aprender a limitar los deseos. En el pasado, la religión estaba en el centro de la cultura y las personas acostumbraban pedir la satisfacción de sus deseos a Dios, a los santos, a las divinidades o a las fuerzas sobrenaturales. A ellas se pedía  salud, comida, morada, paz y seguridad. Los pobres de hoy todavía recurren a  las fuerzas sobrenaturales, ya que los medios creados por la tecnología no están a su alcance. Por otra parte, en los grandes problemas de la vida todas las personas, aún las que disponen de un elevado grado de conocimiento científico, piden el auxilio de fuerzas sobrenaturales. El ser humano no se contenta quedándose sólo con la ciencia.

  La modernidad trajo el progreso de las ciencias y de las tecnologías, haciendo  que la humanidad se vuelva capaz de multiplicar las satisfacciones más allá de los deseos. La modernidad necesita excitar los deseos o crear deseos nuevos para poder vender todas sus innovaciones. Ocurre aquí lo contrario de las sabidurías antiguas. Dicho de otra manera, la modernidad deja de pedir a Dios la realización de sus deseos. Ella se siente capaz de resolver sus problemas sin intervención de fuerzas sobrenaturales. La civilización occidental actual parece una máquina de despertar y satisfacer deseos.

  La esperanza no es el deseo. En el ser humano hay algo más  que deseos, y lo que valoriza la existencia humana no es la satisfacción de los deseos. Cardijn, el fundador de la JOC, decía que lo que los obreros de su tiempo más querían era dignidad. Dignidad quiere decir ser reconocido por los otros, ser tratado con respeto, poder relacionarse con todos sin ser humillado.

  La dignidad viene de la importancia del lugar que una persona ocupa en la sociedad. Se siente digna la persona que sabe y puede hacer, cuyas capacidades son reconocidas, que merece ser honrada. Todos los movimientos sociales alientan este aspecto: primero la dignidad, tener un lugar en la sociedad, ser tratado como persona. Esa dignidad humana supone una transformación total de la sociedad. La esperanza aspira a esto: a un mundo nuevo, a una forma nueva de convivencia humana, en la que todos puedan ser reconocidos como seres humanos libres e iguales. En el fondo de cada ser humano existe esa aspiración a un mundo diferente - salvo entre aquellos que reciben del desorden actual  sus privilegios.

  La experiencia demuestra, mientras tanto, la dificultad - para no decir la imposibilidad – de ese cambio. Entonces hombres y mujeres reprimen o limitan esa aspiración fundamental -limitan los deseos o se contentan con los deseos inmediatos, sin pensar en un cambio radical.

  El mensaje de Jesús viene a justificar la aspiración profunda de un mundo nuevo.  Viene a liberar esa aspiración a un mundo nuevo - siempre reprimida, porque siempre desmentida por la experiencia. 

Lo que hace el discípulo de Jesús es creer  en la posibilidad de un mundo nuevo y trabajar para que eso suceda. El discípulo de Jesús no pretende destruir los deseos, pero no orienta las energías vitales en el sentido de los deseos. Concentra  sus energías en la aspiración de un mundo nuevo.

  Todo esto es lo que en el evangelio Jesús llama Reino de Dios, donde se hace posible la libertad del hombre y de la mujer. Reinar es liberar. El Reino de Dios es la liberación del ser humano oprimido gracias a un cambio total de la sociedad: todos se reconocen "prójimos". Quien sigue a Jesús busca ese Reino y todo lo demás viene por añadidura.

  Jesús muestra los lirios del campo, dando a entender que, en lugar de andar preocupados en cómo realizar los deseos, es necesario buscar el Reino de Dios - preocuparse por el Reino de Dios y preocuparse por la propia libertad  y por la libertad de los hermanos4.  En esa obra de liberación, el ser humano, por más miserable que sea, adquiere dignidad porque está trabajando en una obra que supera las propias fuerzas, pero que puede realizar gracias a la fuerza del Espíritu. Entrar en la obra de Dios como colaboradores confiere una dignidad de la cual los pobres se sienten orgullosos. Una vez que se sienten parte activa en la realización del Reino de Dios, los pobres recuperan la auto-confianza. Ellos adquieren dignidad cuando sienten que están implicados en una marcha que es la mayor obra que puede haber en el mundo: crear un mundo nuevo.

  Los pobres que todavía no recibieron la revelación de Cristo sobre  su vocación y su misión, vivirán con los deseos reprimidos. El espectáculo de la sociedad occidental actual ofrece una variedad inmensa de satisfacciones, pero todas tienen un precio que pagar. De manera que los pobres perciben que  sus deseos nunca podrán ser satisfechos. Entre ellos están los que quedan amargados, tristes, preocupados. Muchos esconden  sus deseos reprimidos usando drogas o alcohol - procurando olvidar las privaciones y las imposibilidades de realizar esos deseos. La incapacidad de satisfacer los deseos aparece como un encierro: el mundo está cerrado. De ahí la fuga para otro mundo - mundo de sueños al cual las drogas abren el camino. Todo eso en la tentativa de olvidar la imposibilidad de satisfacer los deseos.

 

4) Seria un gran error confundir Reino de Dios con la institución eclesiástica, logrando, de esa manera, que los fieles se preocupen de la institución. Se así fuera, no habría cómo encontrar un sentido paral la esperanza.

 

  ¿Entonces  la solución sería la represión de los deseos? No es tan así. Jesús no enseña a reprimir los deseos, sino que llama a entrar en un camino en la cual los deseos son absorbidos por la esperanza. No desaparecen, pero dejan de ser preocupación, motivo de tristeza, de desesperación y de codicia.

  Quien entró en el camino de la esperanza, en el camino del Reino de Dios, no necesita reprimir los deseos porque se siente realizado. Los deseos son absorbidos por una experiencia vital superior. Los pobres que entran en el camino del Reino de Dios dejan de buscar una felicidad limitada, pequeña, y pasan a cultivar un deseo mucho mayor. Ingresar en el camino del Reino les proporciona una gran alegría, haciendo que los deseos desaparezcan. 

En el pasado, cierta espiritualidad exaltó el sacrificio, la privación. Pero la privación no es lo más importante del mensaje de Jesús. Quien está en el camino, de hecho va a sufrir muchas privaciones, pero que no son sentidas como privaciones. Véase el ejemplo de San Pablo. Todo es estimado por él como un bien, porque la esperanza es más fuerte y absorbe todo, en una alegría superior.

 

 

           Jesús no defendió la privación o disminución del discípulo, como si la alegría de tomar parte en la construcción del Reino hiciese  que los deseos se apagasen o relativizasen, de tal modo que dejasen de orientar la vida. El discípulo tiene deseos y encuentra satisfacción al realizarlos, sin que con eso tenga la necesidad de orientar  su vida en función de los deseos. La satisfacción de los deseos es dada por añadidura, pero no puede ser objeto de preocupación primordial. El discípulo recibe esas satisfacciones sin buscarlas porque ellas están en el camino. Toma las flores, pero no hace de las flores un comercio o un  objetivo de su vida. La dinámica de los deseos es sustituida por la dinámica de la esperanza.

  Eso trae una alegría que supera todo. De ahí la insistencia de Pablo sobre la alegría que viene del sentimiento de realizar una obra grandiosa. La alegría proviene de la esperanza, siendo posible aún en condiciones muy precarias de pobreza. A veces se puede pensar que solamente tienen acceso a la alegría aquellos que se dedican totalmente al Reino de Dios. La experiencia muestra que personas que viven en condiciones muy pobres pueden vivir alegres cuando viven en el camino de la esperanza.

  La represión de los deseos no es un bien en sí. El intento que lleva a no sentir deseo, conduciendo al equilibrio perfecto, sin que nada más perturbe, no encuentra defensa en el mensaje de Jesús. Ciertamente, ciertas disciplinas pueden ayudar a alcanzar el equilibrio psicológico, a relacionarse bien en lo social y hasta la salud física, y pueden ser usadas con provecho por los cristianos. Pero la esperanza es otra cosa, y puede ser vivida por enfermos, enfermos mentales y personas desequilibradas. La salud perfecta de la mente y del cuerpo no es condición previa y el llamado de Dios no está condicionado a pre-condicionamientos.

  La búsqueda del equilibrio perfecto por la represión de los deseos puede ser perjudicial cuando se vuelve un fin en sí mismo, y no pura preparación para algo que va más allá del equilibrio perfecto del ser humano. La ascesis, el ejercicio de equilibrio mental, emocional, fisiológico o psicológico, puede ser un obstáculo en el camino de la esperanza. Pues esos ideales de perfección humana pueden volverse un fin en sí mismos. Pueden cortar el camino del Reino de Dios si, con eso, el ser humano concentra en sí todas las preocupaciones, haciendo de sí mismo la finalidad de su existencia. La preocupación por la perfección individual puede impedir el encuentro con el otro, e impedir el amor es algo ajeno al Reino de Dios.

  Dicho de otra manera, quien se fija en sí mismo no puede mirar al mundo exterior y al imperio del mal que existe y permanece indiferente a la situación de los otros. La esperanza no nace a partir de  la consideración de uno mismo y de las necesidades personales, sino de la consideración del pecado del mundo, de la opresión, de la dominación, de las fuerzas de destrucción que están obrando. 

            La esperanza nace del escándalo y de la indignación frente al mal. Parte de la consideración a los hermanos, mirando hacia los otros y no hacia sí mismo.5

  En este sentido, hubo muchos desvíos en el pasado - por ejemplo, en ciertas interpretaciones de la vida monástica o religiosa que hacían de la vocación una aspiración a la perfección personal, un deseo de ser santo, y no la consideración del mal del mundo y de la espera de los pobres y excluidos. La perfección consiste en seguir  a Jesús en  su camino y no en buscar la excelencia de la propia virtud. Ese es el sentido de la respuesta de Jesús al joven rico presentado por el evangelio.

  En la actualidad asistimos a una enorme expansión de religiones de satisfacción de los deseos. Si  nuestra cultura es, como decía J. Galbraith, una cultura de la satisfacción, esa realidad no podía no influir en la religión. Se multiplican las religiones cuyo objetivo es invocar a Dios o a  las fuerzas sobrenaturales para dar seguridad, tranquilidad interior, paz, salud, equilibrio psicológico, empleo, felicidad. Ellas defenderán una teología de la prosperidad. 

Esas religiones crean un ambiente de fervor religioso, de emoción, de alegría tal que las personas por ellas alcanzadas se sienten consoladas y fortalecidas. Muchas veces tienen  la impresión que sus dolencias desaparecerán. 

La religión de la satisfacción de los deseos penetró profundamente en el protestantismo y también en el catolicismo, y está en la base de las nuevas religiones holísticas. El objetivo es siempre el bienestar individual. Esas religiones están muy lejos de la esperanza de Jesús, porque hacen de él apenas una fuerza para ayudar a satisfacer los deseos. Ignoran el mensaje de Jesús. Invocan sin cesar la Biblia, pero desconocen su contenido.

 

5) Cf. John Kenneth Galbraith, The Culture oí Contentment, 1992.

 

4. ESPERANZA Y MIEDO

 

               En una sociedad tan desigual como la nuestra, en la que tantas personas se sienten amenazadas, el miedo reina soberano, estando presente en todas partes. No se trata tanto del miedo de la inseguridad, de la violencia de los traficantes, de los bandidos, de la policía - que es un miedo visceral, orgánico, espontáneo. Ese miedo no se controla y no puede ser corregido por la propia persona. Pero ese miedo no impide la esperanza. Se trata del riesgo y de situaciones de riesgo. Ese miedo puede ser vencido, y hay misioneros que lo vencen, hay habitantes en lugares de riesgo que necesitan trabajar, ir de compras, hacer visitas y que también lo vencen.

  Hay otro miedo, más profundo y radical, que solamente puede ser vencido por la esperanza, cuando la persona se libera cediendo a un mensaje de esperanza. Se trata del miedo de existir en medio de la sociedad, de mostrarse públicamente. Es el miedo de hablar, de opinar, de protestar, de afirmar  sus derechos porque la represión siempre amenaza. Ese es el miedo de las masas. Ese miedo es el que hace posible una sociedad tan desigual y tan injusta como la nuestra. Es el miedo que hace que los ciudadanos se callen delante de las autoridades. Tienen miedo de ser vistos como personas rebeldes y volverse blancos de represión. Por miedo,  procurarán no aparecer. Ese miedo es el resultado de la situación social en que esas personas se encuentran. Se encuentran en esa situación el trabajador del campo o de la ciudad, que tiene miedo delante del prefecto o de las autoridades municipales y policiales - en el pasado existía el miedo también al cura, pero eso desapareció una vez que el cura perdió la fuerza social y dejó de representar peligro. Pero hay autoridades que son temidas como, por ejemplo, el patrón de la empresa con sus capataces y  el dueño de la tierra con sus mercenarios.

  Más allá de esto, está el miedo presente en las mujeres dominadas por los hombres, el miedo de los niños violentados y maltratados por sus familiares, el miedo de asumir el riesgo de existir. Esos miedos pueden apagar completamente todos los deseos.

  Para vencer todo eso el único remedio es la esperanza. De ahí que entrar en el camino de la esperanza es difícil. El miedo también alcanza a la esperanza, cuando ésta no es pura disposición interior. Ella es proyección en el mundo. Quien espera el Reino, trabaja para que comience a acontecer en la sociedad.  

 

Se expone. Solamente una esperanza radical puede vencer el miedo - aquella esperanza que hizo a los mártires en los primeros tiempos y que hace a los mártires de la justicia en nuestro tiempo. Jesús dice a  sus discípulos que  deben ser la luz del mundo, y que no se coloca la lámpara debajo de la mesa. Pero es justamente esto lo que da miedo. Muchos prefieren ser cristianos ocultos, como Nicodemo.

 

           Los movimientos sociales saben cuán  difícil es vencer ese miedo y cómo se necesita tener una mística de esperanza. La mística secular del socialismo y otras ideologías del cristianismo secularizado consiguieron alimentar la esperanza durante varias generaciones. Pero, últimamente, perdieron el aliento. Muchos líderes socialistas cedieron a los encantos de la burguesía y  del capitalismo y ya no están más en condiciones de luchar por una sociedad nueva.

  Es verdad que las religiones de tipo pentecostal forman personalidades que perdieron el miedo de  afirmarse en la plaza pública y en las relaciones sociales. Pero ellos optaron por estar bien lejos de todos los conflictos e injusticias sociales, así como de las fuerzas de opresión. 

No incomodan a nadie y por eso no necesitan tener miedo. Muchos católicos tienen miedo de tomar posición públicamente frente a la opresión de los pobres. Por eso prefieren no comprometerse. No parecen tener esperanza. La famosa reprensión de Nietzsche  continua válida.

  La esperanza abarca al ser humano completo. Ahora bien, el ser humano es social, público, o - como decían los griegos antiguos - es un "animal político", esto es, un ser llamado a vivir en la ciudad, con otros. Una esperanza confinada en el secreto de la conciencia individual no es la esperanza cristiana. Ésta es pública, proclamada en la ciudad. Como señal, la esperanza existe y es vivida colectivamente como testimonio de comunidades en  medio del mundo. Si no fuere visible, no es esperanza, sino apenas ilusión de esperanza. Esperanza es poder afirmar, en medio de una sociedad de conflictos entre dominadores y dominados, la necesidad de un cambio radical. En eso consiste la llegada del Reino de Dios. Mientras esto no se afirme en la plaza pública, no hay esperanza, sino apenas deseo, sueño o ilusión de esperanza. No hay nada, en el cristianismo, que sea puramente mental; todo es corporal y mental al mismo tiempo, actitud del ser humano completo tal como existe. No se puede vivir en el miedo y en la esperanza cristiana al mismo tiempo.

  Los primeros siglos de  historia cristiana, dentro del imperio romano, se constituyeron en la era de esperanza. Los modelos de esperanza fueron los mártires. Ellos dieron testimonio de la presencia del Reino de Dios con el ejemplo de su coraje. Anunciaron el camino del Reino de Dios a un pueblo hecho de vencidos, esclavos, extranjeros, inmigrantes y refugiados de las guerras - que formaban la gran mayoría de los habitantes del imperio. De ese pueblo de vencidos y derrotados surgen mártires de la causa del evangelio. A pesar de saber que eran tan débiles humanamente en su situación de dominación, sabiendo que eran minoría, los mártires vivieron la confianza total en la llegada del Reino de Dios. Proclamaron la victoria de Cristo, aún alcanzados por la persecución. La pertenencia a esa esperanza les daba un coraje tal que ya no tenían miedo de nada. Los mártires son siempre los heraldos de la  esperanza. Cuando los mártires desaparecen se puede deducir que la Iglesia perdió la esperanza. Ya no está más implicada en las luchas por la liberación humana. Esperar es obrar, comprometerse. En cuanto no hay acción, no hay esperanza.  Solamente en el obrar el ser humano revela  su verdad. Nada más claro que esto en el evangelio de Jesús. Lo que permanece en el nivel de la  conciencia es veleidad, tentativa de existencia, aproximación, pero no es realidad. La realidad es lo que se hace venciendo el miedo.

 

 

5. MÁS ALLÁ DE LA REBELIÓN Y DE LA UTOPIA

 

            Frente a la opresión y al mal del mundo, algunos reaccionan con la sumisión, otros con la fuga, por miedo, por la represión de los deseos. Otros reaccionan con la rebelión. La historia está repleta de rebeliones. Lo que en la historia recibió el nombre de revolución, en general fue reacción de un pueblo que no aguantaba más y aprovechó una grieta en la institución para rebelarse. 

Por eso las rebeliones acontecen tantas veces después de las llamadas revoluciones; una vez derribado el poder opresor, los rebeldes no saben  qué hacer y permiten que algunos oportunistas audaces se apoderen de la dirección de la sociedad.

  La revolución es producto de una ideología que proclama una transformación total de la sociedad por el movimiento popular. Una revolución significa que el pueblo sacude el yugo de la dominación, destruye el poder que impedía  su ascensión y constituye una nueva sociedad, más justa, humana y perfecta.  Tiene una fase negativa de destrucción de la opresión, pero el aspecto más importante es el positivo, o sea, la construcción de una sociedad diferente. Esa es la parte difícil del proceso.

  La revolución moderna es una expresión secularizada de la llegada del Reino de Dios. Por eso revela también algunos aspectos del camino del Reino de Dios. Fue justamente cuando los cristianos abandonaron la esperanza que nacieron las ideologías secularizadas de la esperanza. Frente al desafío de construir una sociedad nueva, las revoluciones fracasaron muchas veces. Lo que apareció después de esas revoluciones no reprodujo los sueños de aquellos que las idealizaron. Pero eso no quiere decir que las revoluciones no cambian ni mejoran la situación anterior. 

Ellas tienen también aspectos que permiten pensar que ocupan un lugar en el camino del Reino de Dios. Una vez abandonada la ideología, lo que queda es, por un lado, una rebelión popular que permanece en la memoria como el recuerdo de una afirmación del pueblo de los pobres, y, por otro lado, una redistribución del poder en la sociedad.

  En las revoluciones liberales se dio la llegada de las burguesías. En las revoluciones socialistas se dio la llegada de una clase intelectual y burocrática que organizó el planeamiento total por el poder del Estado. De alguna manera, los pobres sacaron alguna ventaja de la nueva situación, aunque con muchas luchas. Sin eso no se explicaría porqué en Europa del Este hay tanta nostalgia del régimen socialista en medio del pueblo. Pero hasta ahora no apareció una revolución que entregase realmente el poder a los ciudadanos. Ese es el desafío de la esperanza cristiana, lo que sería una revolución cristiana.

  Las democracias actuales, en la realidad, entregan el poder a las burguesías. En los países en vía de desarrollo, donde la burguesía es débil, el poder pertenece ya  sea al ejército, ya  sea a un grupo de ideólogos que consiguen manipular al Estado, o a los poderes imperiales de la potencia dominante. En el caso de Brasil es sabido que el poder no está donde se proclama que está. Quien toma las grandes decisiones es el FMI - por consiguiente, el gobierno de los Estados Unidos. A su vez, el FMI está a las órdenes de las grandes corporaciones multinacionales que quieren dominar los mercados mundiales.

  Las denominadas revoluciones burguesas trajeron mayor progreso comparativamente al que había antes de ellas. Todavía, están lejos de realizar sus promesas. Instituyeron las llamadas democracias. Sin embargo, esas democracias son manipuladas por las burguesías. Las instituciones llamadas democráticas están hechas de tal manera que el pueblo de los pobres nunca podrá llegar a un poder verdadero. Son instituciones hechas para impedir los movimientos populares de rebelión. Son instituciones de contención.

  Viendo a la historia desde el lado de los oprimidos, lo que sucede son las rebeliones. La rebelión está profundamente enraizada en el corazón humano, aunque tenga que vencer el miedo, la fuga y la indiferencia. Cuando se alcanza un cierto nivel de dominación estalla la rebelión. La rebelión no es un movimiento que nace espontáneamente y simultáneamente en todos los oprimidos. Siempre fue preparada por un grupo más dinámico, y nunca contará con la participación de todos. Sin embargo, una vez asumida por la mayoría,  es un acto de dignidad. Aunque, en una situación dada, ninguna revolución sea posible, la rebelión tiene  su valor por dar a los oprimidos por lo menos el sentimiento de que ellos existen.

  En general, las estructuras sociales son muy fuertes y consiguen aplastar las rebeliones. Las rebeliones sólo consiguen vencer cuando entran en choque con un poder más débil - o debilitado, incapaz de resistir a una agresión fuerte. Fue lo que sucedió con las monarquías inglesa, en 1648, y francesa, en 1789, o en la insurrección americana, en la rebelión de los esclavos en Haití. A veces consiguen destruir una institución social, pero puede ocurrir también que no consigan crear otra para substituirla - lo que sucedió en  Haití.

  Hubo muchas rebeliones de pueblos indígenas y de esclavos negros en América Latina. Esas rebeliones no prosperaron, salvo la rebelión de los esclavos en Haití.

La rebelión no es la esperanza, pero tiene rasgos comunes con la esperanza. El punto de partida es la indignación frente al mal de la sociedad: la dominación, la explotación, la corrupción de las autoridades. Sin embargo, ya en ese nivel aparece una diferencia con la esperanza. La indignación de la rebelión se dirige a la destrucción del poder opresor. Ese poder opresor es generalmente un pueblo extranjero, de cultura diferente y con medios militares o políticos más fuertes. Se piensa que la destrucción del poder opresor traerá la liberación. Pero la esperanza enseña que la tarea no es tan fácil, porque, una vez destruido el poder opresor, se llega a un desafío más difícil: ¿cómo iniciar una sociedad diferente con los mismos seres humanos que estaban tan enraizados en la situación de opresión? El mal no está solamente en el dominador, sino que está presente en el instinto de dominación-sumisión dentro de todo  ser humano. El problema está en cómo rehacer una sociedad humana, una sociedad justa, a partir de hombres injustos. ¿Como rehacer una sociedad nueva con un pueblo acostumbrado a ser dominado y a rebelarse contra la dominación?

Las experiencias del Tercer Mundo, desde la descolonización, están ahí para mostrar la dificultad. ¿Cómo hacer de hombres débiles, tímidos y sin iniciativa verdaderos ciudadanos constructores de una sociedad nueva? En este sentido, la carta de Fernando Cardenal sobre la reforma agraria en Nicaragua es de gran valor, porque revela lo que es necesario cambiar en los propios oprimidos para que se vuelvan libres.

  La esperanza busca la construcción de una sociedad nueva por medio de una transformación del ser humano. Esto no puede ser hecho en un instante por la sola destrucción de un poder dominador - aunque la destrucción de éste sea generalmente inevitable como condición previa. Pero la tarea-desafío es iniciar una nueva sociedad con los mismos seres humanos que colaboraron con la dominación, o se integraron en el sistema, y se transformarían fácilmente en nuevos dominadores si tuviesen oportunidad. Esto no se hace simplemente por medio de un cambio de estructura política o económica. O mejor: las nuevas estructuras van a funcionar solamente si hubiera voluntad de transformarlas en realidad. Eso no pasa, por ejemplo, cuando se publica una constitución perfecta, pero no es aplicada en el momento en que entran en cuestión los poderes dominantes.

  La esperanza solamente puede existir entre los pobres y dominados porque solamente ellos están dispuestos a cambiar - o pueden disponerse a eso. Los privilegiados del sistema nunca están dispuestos a cambiar. Nunca se vio, por ejemplo, a un propietario de decenas de millares de hectáreas distribuir voluntariamente parte de sus tierras.

  Una transformación para una sociedad justa supone que haya movimientos globales amplios, que quieran una sociedad justa para todos y no solamente para "nosotros". Supone un cambio de actitud de una gran masa de ciudadanos. Sin eso, nada nuevo sucede efectivamente, y, después del cambio, reaparecen las mismas estructuras con otras personas. 

Hay necesidad de "un suplemento de alma", en el decir de Bergson, una fase en que la humanidad se supere a sí misma. ¿Cómo hacer esto? Claro que una conversión colectiva semejante será un fenómeno escaso, pero momentos decisivos pueden establecer nuevas estructuras que prolonguen en el tiempo un "estado de gracia" del pueblo. Nunca será una realidad perfecta, completa, pero se trata de un cambio en el ser humano.

  Dar ese paso parece algo imposible, pero puede ser realizable. La esperanza cristiana aspira, prepara, trabaja en función de una conversión semejante. Jesús vino a proclamar la conversión, que no es puramente individual. Las personas que se convierten están implicadas en estructuras sociales y  su conversión incluye el cambio en todos sus comportamientos sociales. Más allá de eso, Jesús viene para establecer el Reino de Dios en los pueblos y no en los individuos. Cada persona es llamada a construir un pueblo. Por eso, Jesús llama a la conversión de todo el pueblo, teniendo en vista el cambio de las estructuras de pecado y de todo aquello que en el individuo suministra la base para las estructuras de pecado social. No es necesario ver los resultados para comenzar. Si tenemos que rehacer toda la educación del pueblo, esa es la única tarea que justifica la existencia de la Iglesia, así como de todas las organizaciones que viven de la misma esperanza - aunque no estén visiblemente incorporadas en una Iglesia.

   

            América Latina está pasando por una época muy interesante. Después de los ensayos fracasados de revoluciones socialistas, sobre todo en Chile y en Nicaragua, y de las dudas sobre el futuro de Cuba, por falta de una sociedad participativa más completa que pueda garantizar la fidelidad del pueblo, hubo y hay todavía una reflexión muy seria por parte de movimientos que están mucho más próximos de la esperanza cristiana de todo lo que hubo anteriormente. Están renaciendo movimientos populares y, aunque partiendo todavía de grupos  pequeños, hay cierta fermentación. Tales movimientos podrían terminar en la fase de la rebelión o profundizarse en una auténtica esperanza.

  En el origen de ese resurgimiento está la reflexión sobre los límites del socialismo. El socialismo era parte de la modernidad que creía en un progreso inevitable, científicamente demostrable, conducido por leyes históricas. Ese mito de la modernidad cayó. Ahora sabemos que solamente los pueblos, y no las leyes históricas, pueden hacer rebeliones o revoluciones. Pero los pueblos están hechos de personas concretas en grupos y asociaciones concretas, y en situaciones concretas. 

El problema de muchos movimientos revolucionarios del pasado consistió en haber sido de intelectuales - aunque se proclamasen intelectuales orgánicos. Como intelectuales, daban mucho valor a raciocinios abstractos sin el necesario conocimiento y convivencia con el pueblo. Esto se aplica también al Partido de los Trabajadores (PT) - en virtud del lugar que ocupan intelectuales de ese partido, que se dicen orgánicos6. Sus dirigentes viven lejos del pueblo que pretenden representar. El PT se compone básicamente de Lula y un movimiento de intelectuales de la modernidad. Hubo también cristianos que se dejaron impresionar por el mito de la modernidad, justamente ellos que podrían haber sido más realistas. Pero eso pertenece al pasado.

  Hoy, podemos reconocer como señales de tiempos nuevos al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en México, y el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), en Brasil, que son los más importantes en el continente y los más cargados de significados. Esos movimientos, y otros semejantes, están en pleno dinamismo y en fase de evolución y reflexión constante.

 

 

6) Por eso esos intelectuales pueden pasar, con tanta facilidad, de un socialismo supuestamente científico a un neoliberalismo supuestamente científico también. Son dominados por el mito de la ciencia y, por eso, no tiene conocimiento ni amor por el pueblo.

 

     No es el lugar aquí para hacer un análisis de la práctica de estos movimientos. Lo que se pretende es despertar la reflexión, pues ya pasó el tiempo en que el cristiano tenía que obrar dentro de un movimiento controlado por la jerarquía. El lugar de los cristianos está en  medio de este mundo, formando parte de los movimientos de liberación de los oprimidos, siendo portadores de esperanza. Los cristianos son llamados a ser la sal de los movimientos de los pobres y  la luz que les muestra el camino.

  Actualmente, la sal de la tierra significa dos cosas: desconfiar de todos los mitos que proceden de la modernidad, que hacen de la historia una necesidad, y dar la palabra a los pobres del pueblo.

  No será posible estar presente como fermento activo en cualquier movimiento. En muchos casos la distancia es tan grande que la colaboración es imposible. Conviene destacar aquí los puntos de encuentro que facilitan un encuentro. El cristiano dará su testimonio dentro del movimiento, pero no por eso debe identificarse con él como se hacía en los movimientos de la modernidad. Hoy, ya no se trata de incondicionalidad. Para citar un ejemplo: no se trata de querer secuestrar el MST como si fuese el portavoz del cristianismo. Lo que nos interesa, es la posibilidad de colaboración.

He aquí los puntos de aproximación:

 

  1. Los movimientos nuevos rechazan el modelo social actual y quieren un futuro diferente. Orientan  su obrar hacia el futuro. En eso son herederos de la tradición cristiana, como de la modernidad, pero están conscientes de lo que sucede con la ideología de la modernidad y cómo sirvió para justificar una nueva sociedad de dominación. Avizoran  su proyecto de vida como camino, sin determinismo, sin dogmatismo, abierto para las sorpresas de la historia real. Aprenderán con  la historia real, con  lo que realmente acontece.

2. No separan el futuro del puro desarrollo de la economía. Dan más valor a la subjetividad. Son conscientes de que el valor humano es fundamental para crear una nueva sociedad y, por eso, dan   importancia a la educación. Son conscientes del valor de la mística como de la cultura nativa de los pueblos.

  3. No priorizan la toma del poder, sino la conquista de la opinión pública y la formación de un pueblo decidido a asumir por lo menos una parte del poder. No creen más en el  poder absoluto de un liderazgo ideológico, ma    s cuentan con el obrar consciente del pueblo. La conquista del pueblo es más importante  que la conquista del poder que será antes una consecuencia que una condición previa. 

  4. Están conscientes de la necesidad de conquistar la comunicación y, por eso, crean acontecimientos que llaman la atención de los  medios. Buscan el espectáculo. Dan valor a la publicidad con el fin de conquistar la atención del público y, de esa manera, preparar un cambio de actitud. 

En los tiempos del iluminismo, el país contaba solamente con una minoría de personas que sabían leer y escribir. Los iluministas, con  sus libros y panfletos, trabajaron a esa minoría - de aproximadamente un 10% - que formaba el cuerpo de la nación, por cuanto el resto estaba marginado y no reunía condiciones para entender lo que estaba  pasando. La masa de los trabajadores rurales permaneció fiel a la Iglesia y a la monarquía, en tiempos de la revolución francesa. 

 

Actualmente el público que tiene información de los acontecimientos aumentó y supera probablemente la mitad  de la población. Se trata de conquistar la mente de ese gran público. No necesita ser propietario de los medios de comunicación, pero tiene la necesidad de crear noticias para llamar la atención de ese público. El MST no tiene cadena de TV, pero la TV habla de él todos los días y, de esa manera, mantiene viva la memoria del pueblo.

  Hay una diferencia entre la esperanza cristiana y las otras: la mística. Los movimientos creen en la fuerza transformadora de hombres y mujeres conscientizados y formados, confiando que esas personas encuentren en sí mismas la fuerza de transformación. Creen en el poder de los educadores y en la necesidad de una mística - que es lo que da fuerza a la  transformación de las personas. ¿Qué es lo que  hace  que personas que vivían integradas al sistema se vuelvan agentes de transformación? La explicación está en la mística, aunque no siempre se sepa de dónde viene.

  En la mística cristiana, la esperanza deriva del anuncio de Jesús. Responde a la revelación de Dios. El camino de liberación es el gran mensaje que recibimos de Dios. Se presenta como un valor absoluto y todas las energías que una persona humana puede recibir están en esa esperanza. La esperanza abarca la totalidad de la vida, así como Dios, por tratarse de la forma como Dios envuelve la totalidad de la creación. No tiene la fragilidad de las creaciones humanas. Por eso, la esperanza puede resistir a cualquier amenaza, superar cualquier fracaso, recomenzar indefinidamente. Se trata de una realidad a la cual debemos dedicar nuestra vida. Las promesas de Jesús y la fuerza del Espíritu están presentes en la esperanza cada vez que la tentación de desánimo reaparece.

  Lo que sabemos por el mensaje de Jesús es que Dios está en el origen de la transformación, de la conversión del pecado para la vida nueva. La fuerza es la esperanza, y Dios está en el origen de ella, sustentándola permanentemente. Dios lo hace enviando a  los profetas, que son los que expresan las palabras. Esas palabras son fuertes porque la fuerza del Espíritu abre las mentes y los corazones para oír y seguir. Nadie viene a mí, dice Jesús, si no es atraído por el Padre.

  El surgimiento de nuevos movimientos sociales obliga a los cristianos a cambiar de teología. La concepción tradicional considera a la esperanza como hecho de conciencia, disposición interior, y tiende a confundir la esperanza con el sentimiento de tener esperanza. La teología antigua coloca a la esperanza en la pura subjetividad, como virtud. La teología moderna entiende virtud como disposición subjetiva.

  La verdadera esperanza se verifica en el obrar. La vida de esperanza es participación en el caminar del pueblo de Dios, atraído por las promesas de Dios por el ejemplo de Cristo y por la fuerza del Espíritu. La esperanza es apertura para el cambio y la novedad, sabiendo que Dios conduce por medio de los seres humanos. Espera quien está obrando en vista a un mundo diferente, plenamente humano. Quien no está obrando, no tiene esperanza, sino apenas nostalgia. Quien sabe de antemano lo que va a suceder tampoco tiene esperanza, pero quien está aguardando, atento a los llamados nuevos por los cuales Dios se manifiesta, tiene esperanza.

  La tentación de los revolucionarios siempre fue la utopía. Las utopías aparecerán en el siglo XVI, cuando la Iglesia entraba en un proceso de espiritualización y algunos cristianos comenzaron a imaginar un proyecto fuera de la Iglesia, sin ligazón con el cristianismo. Sería para ellos un cristianismo ideal, pero sin ligazón con la Iglesia. Pues, por su parte, la Iglesia tenía limitada  su escatología a los llamados fines últimos, puramente individuales, no teniendo más visión de un futuro colectivo y global para la humanidad en esta tierra. Las utopías tomaron el lugar que había sido vaciado por la ausencia de la esperanza cristiana.

 

 

            Para los utópicos del siglo XVI, como Tomás Moro, la utopía era pura imaginación, sin pretensión de realización histórica, pero no sin crítica corrosiva a la falta de esperanza dentro de la Iglesia. Era la única forma de oposición que la jerarquía estaba dispuesta a tolerar.

 

            Más tarde, con la llegada de la modernidad, las utopías comenzaron a orientar los proyectos de revolución social. Las revoluciones liberales tuvieron un profundo sentido utópico: querían realizar la sociedad ideal en la libertad, igualdad y fraternidad. Querían realizar la obra que el cristianismo no había conseguido realizar. Las Constituciones liberales procurarán codificar ese conjunto de utopías. Las revoluciones liberales realizarán aspectos de libertad, pero entenderán la libertad como emancipación de la burguesía - ésta quería la supresión de las barreras sociales y políticas que impedían  su ascensión. Era la libertad de las empresas y la protección de la propiedad burguesa (masculina). Para los pobres había apenas la libertad de elegir entre un trabajo explotado y la muerte. La utopía liberal se dio en el régimen capitalista, donde se confundió la esperanza con la ascensión de una clase social. Denominóse esperanza a la voluntad de conquistar el mundo por la economía. El resultado no fue peor porque la utopía liberal encontró la resistencia y la oposición de muchas estructuras del pasado que no querían ceder y, de esa manera, el liberalismo utópico tuvo que retroceder muchas veces frente a la realidad histórica de los pueblos.

  Como la Iglesia no hablaba más de escatología y había abandonado la esperanza bíblica, muchos católicos, también en el clero y en la jerarquía, apoyaron, consciente o inconscientemente, la ideología liberal. A raíz de eso, los católicos se precipitaron en los brazos de los partidos liberales o transformaron a los partidos católicos en partidos liberales. Quien no tiene esperanza, cae en la utopía que esconde la conquista del poder por un nuevo partido.

  La modernidad generó también la utopía socialista - justamente como protesta contra la ilusión liberal, contra la traición liberal que había hecho lo contrario de su utopía, creando una sociedad de dominación -, en muchos aspectos peor  que la anterior. Los socialistas lucharon denunciando la hipocresía de los movimientos liberales que escondían con  su ideología  su real carácter de triunfo del capitalismo. En  realidad, en  Europa, hasta 1848, hubo alianzas entre las masas trabajadoras socialistas y sectores de la Iglesia católica: los obreros no querían abandonar a la Iglesia; fue la Iglesia la que los abandonó, como decía un dirigente del sindicalismo al final del siglo XIX. Fue cerca de 1870 que la separación se consumó, siendo ratificada por Pio X, quien impidió todas las tentativas de reaproximación – integrándose  así el socialismo en la modernidad, y, muchas veces, en  su versión marxista. Era el precio pagado por el abandono de la esperanza cristiana. Se consolidó la alianza entre católicos y liberales, o sea, entre la Iglesia y la burguesía - alianza que dura hasta hoy de modo mayoritario, a pesar de todos los movimientos de aproximación al mundo socialista. En su jerarquía, clero y élites, la Iglesia había olvidado el mensaje evangélico de la esperanza y estaba entregada a una burguesía encantada por enseñanzas "católicas" que tanto la favorecían.7

  El socialismo también se volvió utópico - fue monopolizado por movimientos utópicos. Los obreros resistieron y consiguieron, en Europa occidental, contener las utopías y quedar pegados a la realidad histórica. No se entregaron a  las utopías. En Rusia, la revolución fue hecha en nombre de la utopía socialista, en una versión marxista, por un grupo pequeño de intelectuales utópicos, que supieron manipular las aspiraciones del mundo popular, pero que perdieron contacto con la realidad — y terminó en lo que terminó.

 

 

La gran objeción hecha a las utopías es que separa el pensamiento de la realidad histórica. Elaboran discursos bonitos pero sin contacto con la realidad histórica. La esperanza cristiana es histórica y no quiere ceder a la espontaneidad de las ideas. No concuerda con que todo se reduzca a un partido de intelectuales o con un programa imposible de ser realizado. Se opone a que la dirección de la Iglesia esté sólo en las manos o en las cabezas de intelectuales.

  

7) Cf. É. Poulat, Catholicisme, démocratie et socialisme, Casterman, 1977.

 

  No es la pura rebelión  ni la utopía las que conducen a la salvación de la humanidad. La experiencia de los últimos doscientos años enseñó mucho. La  Iglesia - al menos parte de ella - reencontró  su mensaje de esperanza. La esperanza no es un sueño, idealización, discurso bonito, evocación de una sociedad perfecta, un Eldorado en esta tierra. Las utopías deben permanecer.  Tienen la ventaja de mantener la mente en actividad - rechazan el presente y muestran todas sus deficiencias, así como el desnivel entre la realidad y el ideal – pero  el cristianismo no vive solamente de ideal.  Vive en este mundo real.

 

6. ESPERANZA Y REALIDAD HISTÓRICA

 

El cristianismo es historia dentro de la historia de la humanidad. La teología occidental dejó de lado la historia. Siguió las huellas del pensamiento griego. La doctrina social de la Iglesia se volvió un programa abstracto, fijo, de proposiciones universales, que en principio debían ser aplicadas en todas las culturas. Sin embargo,  su generalidad es tal que no se aplica en ningún lugar y los peores opresores la proclaman como si fuera  su propio proyecto social8. Ese cristianismo invariable fue criticado durante los siglos de la modernidad que elaboró el concepto de historia. Fue en vano. Fue recién en el Concilio Ecuménico Vaticano II que, en parte, se reconoció el carácter histórico del cristianismo. Sin embargo,  la Iglesia romana volvió al carácter universal y abstracto de la doctrina social de la Iglesia.

  El concepto moderno contempla a la historia como transformación orientada por un sistema de valores, como movimiento de la sociedad en busca de formas más humanas. Algunos entienden esa historia como determinismo físico, económico y biológico. Al lado de las interpretaciones deterministas, hay concepciones más abiertas de la historia, que toman más en consideración la libertad y la responsabilidad humanas. Pero éstas no predominaron en la modernidad.

  El concepto moderno contempla a la historia como el desarrollo del ser humano, individual y social, gracias a su esfuerzo: el progreso de las ciencias, de las tecnologías y de la salud hace que la humanidad cambie. Ella cambió siempre, pero el cambio permanecía invisible, hasta que se produjo una aceleración, obligando a reconocer que, de hecho, el ser humano era histórico.

  El ser humano es un ser situado en un momento de la historia en movimiento, y esa situación condiciona toda  su existencia. Por consiguiente, un sistema que se presenta como inmutable - el mismo sistema de 2.000 años atrás -, no puede convencer.

  La esperanza no puede tener sentido en un sistema que contempla al mundo como inmóvil - sin historia, a no ser de puras contingencias que no afectan sustancialmente la vida humana. En tal sistema, nada importante puede suceder y no hay nada de relevante que se pueda esperar. De hecho, dentro del sistema teológico medieval y moderno (anti-moderno) solamente se puede esperar el fin del mundo - "los novísimos". Dios escogerá el tiempo del fin del mundo de modo arbitrario y sin relación con todo lo que aconteció antes. De repente, Dios decide que basta, y el mundo termina.

  Ahora bien, esa no es un concepto bíblico. Se puede hasta pensar que el concepto moderno de la historia es una secularización de la idea bíblica y cristiana9 que fue abandonada por la Iglesia por varios motivos. Entre esos motivos está la teología escolástica que no puede abrir espacio a la historia. Pero esa teología no habría tenido tanto éxito si no hubiese ofrecido un argumento ideal a un clero y a una jerarquía que deseaban evitar cualquier cambio, ya que eso podía poner en peligro  su status privilegiado. De hecho, todos los movimientos que quisieron proponer un cambio fueron cruelmente reprimidos - la muerte de J. Huss, héroe de Bohemia en el siglo XV, fue un ejemplo famoso que muestra lo que pasa con los reformadores. La jerarquía no tenía ningún interés en dar apoyo a una esperanza que amenazaba  su ideología y  su posición social.

  La Biblia registra la historia de las promesas de Dios y de la esperanza en la realización de esas promesas. La propia esperanza es histórica porque cambia con los tiempos - y se desenvuelve en conformidad con los acontecimientos históricos.         

  La esperanza va adquiriendo, poco a poco,  su rostro definitivo. Quien dio el giro radical y definitivo, pero sin suprimir cambios ulteriores, fue Jesús. El es hijo de la esperanza de su pueblo y padre de la esperanza del pueblo renovado - que nace con él.

  La Biblia explica el mundo partiendo de la vocación de Abraham. Él no recibió ninguna doctrina o sistema moral, sino apenas una promesa. A su vez, el cristianismo no comienza por una doctrina universal, sino con un hecho histórico10. Dios se reveló como autor de una promesa, y como fidelidad a su promesa.

  El resto es la continuación de una historia. Esa historia está situada en un lugar bien determinado. Otras religiones se escandalizarán porque Dios había escogido solamente un pueblo, un lugar y un tiempo. Así fue. 

Dios escogió una persona y todo el cristianismo comienza con una persona - o una familia. No sería historia si no hubiese comenzado con una persona. Todo comienza con una persona. La historia es hecha por personas y no por factores abstractos universales. Sin embargo, la historia de la descendencia de Abraham no está aislada de la historia de la humanidad. Y, en cierto modo, debemos reconocer que toda la historia de Israel fue una permanente relación de intercambio entre esa pequeña familia y las grandes fuerzas históricas del mundo (los imperios de Egipto, de la Mesopotamia, de Grecia y de Roma). En esa familia fue vívido el reflejo de la historia de la humanidad. Después de Jesús, ese universalismo se abrió más todavía y todos los pueblos, y todas las culturas comenzaron a formar parte de la historia de los descendientes de Abraham. Se trata de una historia que está lejos de llegar a su fin.

 

8) Cf. José Aldunate Lyon, "La 'doctrina social de la Iglesia', su historia, sus planteamientos, su encuentro con la teología de la liberación", en (col.) A Esperanca dos pobres vive, co/etánea em homenagem aos 80 anos de José Comblin. Sao Paulo: Paulus, 2003,301-314.

9) Esa tesis fue defendida por Karl Lowith, El sentido de la historia, Madrid, 1958 (original inglés), y fue asumida por muchos autores.

10) Poco importa si la historia de Abraham es histórica o no – en el sentido actual de la ciencia histórica. Para el autor, era histórica y, por consiguiente, afirma que la revelación comienza con un hecho histórico.

 

Toda esa historia está, a cada momento, condicionada por la historia de la humanidad en general. Es una historia dentro de la historia. Como un signo la historia de Abraham y de sus descendientes hace  que los otros pueblos también entren en la historia o se constituyan como partes de la historia universal. Sin eso, cada religión se entendería como bloque cerrado - una totalidad auto-suficiente.

  Después de Abraham viene Isaac, Jacob y los hijos de Jacob. La historia de Abraham nos dice que su familia tiene que pasar por Egipto. Más tarde  será sometida a todas las vicisitudes de los imperios: egipcio, asirio, babilonio, persa, griego y romano. La historia de Israel acontece dentro de esa historia, fruto de esa historia de relaciones en  las que la 

esperanza va abriendo  su camino. En cada etapa surge algo nuevo, una nueva revelación, una novedad en el modo de obrar. Hay una ascensión en la llegada del Reino de Dios.

  Esa historia es vivida subjetivamente por el pueblo como historia de una esperanza. Siempre tiene por objeto la promesa hecha a Abraham. Ese pueblo conserva más o menos la esperanza en las promesas, y, al mismo tiempo, sufre el impacto del mundo en que vive. Sin embargo, a partir de cierto momento, pierde el recuerdo de la promesa y se deja llevar por el prestigio de otras culturas . Allí aparecen los profetas que recuerdan la esperanza.

  Hubo, en la historia de la esperanza, una etapa cuya crisis fue especialmente impactante. Eso ocurrió en  tiempos del imperio griego, donde el asalto a la religión de Israel fue tan fuerte que muchos perdieron la esperanza de una liberación en este mundo y concentraron las promesas de Dios sobre la vida en otro mundo. 

Las promesas hechas a Abraham solamente se realizarían en otro mundo, después de la muerte. Comenzó a aparecer la idea de resurrección, para que todos pudiesen participar de esa última etapa de la realización de las promesas. Fue la época de la apocalíptica, de la cual deriva la doctrina cristiana ulterior de los fines últimos. El cristianismo nació en un contexto en el que el apocalipsis era muy fuerte. Si la apocalíptica hubiese prevalecido, la esperanza cristiana nunca habría sido posible. Pero no prevaleció11.

  Jesús no fue apocalíptico, aunque integrase algunos elementos del imaginario apocalíptico. Él se mantuvo fiel a las promesas de Abraham, despertando de nuevo la esperanza de su pueblo, así como lo dijeron  los profetas. Jesús fue portador de esperanza para este mundo, llamando a la conversión en el presente.

 

 

            Jesús entró en la historia. Él ocupó un lugar determinado en el espacio y en el tiempo, en un momento de la historia de la esperanza de Israel. Asumió la esperanza de los pobres de Israel, no la de los círculos apocalípticos, de los sacerdotes y de los doctores. Él vino a renovar la esperanza. De hecho, todo el Nuevo Testamento es una proclamación de esperanza, una nueva convocación a la esperanza de Israel, urna esperanza que va a crear una historia extendida al mundo entero.

  La teología escolástica procuró eliminar la historia del tiempo presente. La historia de Israel habría llegado a su fin con Jesús. Después de él no habría más historia, porque estaría instalado el Reino de Dios de modo definitivo. En adelante no habría más historia, sino apenas continuidad del Reino de Dios establecido por Jesús. Después de Jesús comenzaría la época en que todo permanece fijo y definitivo: Jesús triunfó y el Reino está establecido. Nada puede ya cambiar porque todo llegó a la única perfección posible en esta tierra. No se puede esperar más nada nuevo.

  Esa fue la teología de la jerarquía y del clero. No fue la teología de los pobres. Durante todo el tiempo de la cristiandad, los pobres pedirán a Dios y a los hombres una reforma, una vuelta al evangelio. Protestarán contra la estructura impuesta como si fuese el Reino de Dios. Se negarán a admitir que el Reino de Dios hubiese alcanzado  su perfección posible y que no hubiese nada más que esperar.   Aguardarán durante siglos - sin desanimarse o conformarse - nuevas etapas

en el camino del Reino de Dios. 

A partir del siglo XII el clamor se hizo más fuerte y San Francisco de Asís es reconocido como el rostro perfecto de aquello que se espera, como el primero de una nueva historia, de un cristianismo volviendo a sus orígenes.

  Mientras tanto, los temas básicos del Nuevo Testamento muestran que la historia continúa en forma de misión. Los discípulos son enviados para anunciar el evangelio a todas las naciones. La ideología de la cristiandad interpretó la misión como si fuera una conquista. En la concepción de las autoridades, los misioneros son enviados para incorporar nuevos pueblos dentro de la estructura de la Iglesia católica. De esa manera la misión no cambiaría  nada en la Iglesia. Los pueblos cambiarían, pero la Iglesia permanecería siempre igual, cambiaría cuantitativamente, siendo más extensa y más numerosa.

 

 11) El libro llamado Apocalipsis, de Juan, usa todo el imaginario apocalíptico, pero subordinándolo a una profecía. El libro es una profecía, o sea, una exhortación para la vida en este mundo. Por eso el Apocalipsis de Juan es radicalmente diferente de los otros libros escritos en la misma época.

 

  Esa es una concepción imperial o imperialista de la misión. San Pablo no la entiende así. Cuando el evangelio entra en el mundo griego, no es la Iglesia de Jerusalén  la que aumenta y se extiende en el espacio. Queda evidente ahí que muchas cosas que en Jerusalén se estiman necesarias y partes del Reino de Dios no son así. La Iglesia de Jerusalén es llamada a abandonar muchos signos de identidad que encontraba necesarios. La misión entre los griegos vino a purificar a la Iglesia sacándole elementos considerados riquezas, pero que eran pobreza espiritual - porque eran obstáculos al diálogo.

                          Cuando el evangelio entra en contacto con un nuevo pueblo, se inicia el encuentro, el diálogo y el intercambio. Los misioneros descubren todo lo que deben abandonar. Pues los nuevos pueblos traen algo especial, algo particular que los misioneros deben recibir. 

Lo que traen es  su cultura, pero sobre todo  su pobreza. Esto obliga a los misioneros a cuestionar a su Iglesia - la condición en que se halla esa Iglesia, apegada a muchas cosas que no solamente no son necesarias, sino que aplastan incluso las enseñanzas de Jesús.

  Cada etapa  nueva en la misión significa un llamado nuevo a  la conversión al evangelio, un nuevo descubrimiento del evangelio - o, por lo menos, una nueva oportunidad para eso. La Iglesia puede entrar más en el Reino de Dios a medida en que los otros pueblos la liberen de tantas dependencias que ella misma se impuso.

No se puede decir que la Iglesia haya aprovechado todas esas oportunidades. El espectáculo de la historia nos llevaría a decir: ¡cuántas oportunidades perdidas! 

 

La historia de la misión en América Latina fue motivo de reflexión, sobre todo en ocasión de la celebración de los 500 años del descubrimiento - en 1992. Los primeros misioneros tenían la idea de 

fundar — en las nuevas tierras, con pueblos nuevos - una nueva cristiandad, libre de todas las formas de corrupción que había en  Europa. Rápidamente, chocaron con los conquistadores. Desde la segunda mitad del siglo XVI queda claro que la Iglesia, dominada por los reyes, entiende la conversión como una conquista. Se trata de acrecentar la Iglesia europea con nuevas regiones y nuevos pueblos. Algunos van hasta explicar que esas conquistas son una compensación providencial por la pérdida del Norte de Europa - que había adherido al cisma de la Reforma.

 

 

           Si la misión en  América Latina fue entendida como conquista, esto fue todavía más verdadero en  África - todos tenían claro que la Iglesia nada tenía para recibir de los africanos. Era conquista pura y los pueblos africanos fueron introducidos en la estructura católica sin consulta alguna. Se los consideraba pueblos infantiles, sin capacidad de diálogo. En Asia, la misión fue mucho más difícil porque los pueblos locales supieron defenderse mejor de la conquista religiosa Tenían en sus tradiciones  elementos suficientes que les daban una estructura capaz de resistir a la conquista misionera.

  La esperanza podría haber renacido en la Iglesia por uno de estos caminos: por las protestas de los pobres durante toda la cristiandad o por los nuevos pueblos evangelizados con ocasión de la conquista del mundo por las monarquías europeas. Se perdieron esas dos oportunidades. La institución de la cristiandad encontrábase portadora del fin de la historia y no entendía que se pudiese imaginar que la historia continuase, que la esperanza tuviese lugar - con más etapas posibles a ser promovidas en este mundo.

  Una tercera gran oportunidad fue la secularización de la modernidad.  Fue inaugurada por la revolución francesa y, poco a poco, se extendió por  Europa entera. De nuevo, pocos entendieron esa historia como mensaje de esperanza. El P. Julio Maria quiso convencer a la Iglesia de que la caída del Imperio y del sistema del patronato, la separación de la Iglesia y del Estado y la Constitución secularizada de la nueva República eran una gracia de Dios; un llamado a una nueva etapa en el camino del pueblo de Dios, para una Iglesia libre de tantas dependencias12. La mayoría, mientras tanto, no lo entendió así. Entendió que lo que estaba  pasando era una victoria del diablo y que la tarea de la Iglesia era reconquistar los privilegios perdidos. En lugar de aceptar el mensaje de pobreza, la jerarquía trazó un programa de reconquista del poder. Mató a la esperanza, sustituyéndola por el deseo de poder (todo en nombre de Jesús, naturalmente).

  No es de extrañar que la jerarquía haya tomado ese rumbo - era el rumbo que la Iglesia romana quería imponer en todos los países. En el pensamiento romano la sociedad moderna estaba condenada a desaparecer. Al rechazar el dominio de la Iglesia católica, se estaría auto-extinguiendo. Bastaba aguantar un poco y esperar  su ruina final. Entonces el mundo volvería a someterse al Papa reconociendo en él la única salvación. Durante casi todo el siglo XIX, la Iglesia romana predicó ese pesimismo absoluto, especie de renacimiento de la apocalíptica judaica de tiempos de Jesús. Era necesario resistir a cualquier aproximación con la modernidad, perseverar firmes sin cambiar nada. Quien entrase en diálogo con la modernidad perecería con ella.

  En ese pesimismo absoluto no hay esperanza posible. Pero Jesús nunca participó de tal pesimismo en relación a la humanidad. Anunció el evangelio a los pobres, con la certeza de que sería escuchado y practicado. 

La parábola de la semilla muestra bien esto. Jesús estaba persuadido de que el Reino de Dios podía crecer en este mundo y que hombres y mujeres convertidos, iluminados y fortalecidos podrían trabajar por el crecimiento de ese Reino y un cambio de la humanidad. Jesús anunció la esperanza porque él mismo la practicó.

 

12) Cf. Fernando Guimaraes, Homem, Igreja e Sociedade no pensamento de Julio María, Santuario, Aparecida, 2001.

 

  La historia de los últimos 2.000 años enseña que – en cuanto estamos en camino - no podemos esperar una realización plena del Reino de Dios. Las realizaciones serán siempre parciales, locales y temporarias. El Reino de Dios nunca será una estructura instalada de modo definitivo en la historia.  

Será siempre precario, susceptible de desaparecer o de reaparecer - mas no por eso deja de existir. Los cristianos hacen localmente la experiencia de una vida comunitaria que es una realización parcial, pero auténtica, del Reino de Dios.

  Hubo épocas en la historia en que el evangelio estaba más presente en la humanidad - por ejemplo, en el siglo XIII. Hubo regiones en que el evangelio penetró más profundamente - por ejemplo, en  el caso de Brasil: Minas Gerais y Ceará. Hubo realizaciones parciales de la justicia, como el Estado de bienestar social (Welfare State), aplicado en el norte de Europa en la segunda mitad del siglo XX y que el sistema neoliberal norte-americano de hoy está destruyendo. Hubo ciudades libres, regiones en las que todos podían tener un pedazo de tierra que les garantizaba la producción para la subsistencia. Pero también hubo los horrores de las fábricas del siglo XIX, del trabajo infantil y de la esclavitud de las mujeres - aunque también hayan habido épocas en que las mujeres eran propietarias y podían mantener su independencia. Parece que los cambios nunca se darán al mismo tiempo y de la misma manera, en todos los tiempos y lugares.

  Hay señales evidentes de cambio en la historia contemporánea: la alfabetización de las grandes mayorías, la victoria sobre  el hambre por la producción de alimentos, las luchas contra la esclavitud, la promoción de las mujeres, la lucha contra el racismo. Todo eso apareció en fases distintas de la historia y fue objeto de luchas intensas, expresión de una inmensa esperanza. Infelizmente las Iglesias quedaron muchas veces ajenas a esas realizaciones parciales pero auténticas del Reino de Dios. A veces se tiene la impresión de que el Reino de Dios se hace a pesar de la resistencia del clero.

  En cada época de la historia los desafíos son nuevos, pero quien está en camino continúa enfrentando lo que se le presenta. El cristianismo desconfía de las utopías, de los sueños, porque es eminentemente práctico. Tiene miedo de todo lo que es meramente racional, sin incidencia en la práctica. Tener esperanza no es soñar con un mundo diferente, sino trabajar para que éste sea mejor - al menos en algunos sectores. La esperanza debe entrar en la práctica de los cambios concretos. El cristianismo acepta plenamente la historia con todos sus límites, sabiendo que la esperanza requiere paciencia para concretizarse, y va realizando el Reino de Dios por las etapas posibles. Mientras tanto, no se deja intimidar por la dificultad, busca algo siempre más allá de lo posible, ya que los límites de lo posible siempre pueden retroceder. La única manera de no tener desilusiones y no tener ilusiones. No tener ilusiones quiere decir trabajar con aquello que está a nuestro alcance para fines que también están a nuestro alcance.

  Dios no conduce el caminar por medio de milagros. Él envía profetas. Los profetas o las profetisas son personas fuera de lo común, con una visión más fuerte y un coraje más intrépido  que las otras. Son hombres y mujeres que, animados por una esperanza más viva, denuncian, porque son más conscientes del pecado de la sociedad actual y quieren cambiar el mundo, y, por eso, consiguen movilizar a los pobres para orientar la sociedad por nuevos caminos. Son personas creadoras de novedades, siendo guiadas por el Espíritu. Son imprevisibles, constituyendo una discontinuidad en la historia. Estas personas cambian el rumbo de la historia, siendo señales de esperanza. Nadie podría haber inventado a Francisco de Asís, a Lutero, o Juan XXIII. Ellos cambiaron la historia, provocando rupturas e introduciendo novedades.

 

           Sin embargo, no son sólo las personalidades extraordinarias las que conducen a la Iglesia. Hay también personas menos prestigiosas, que no llaman la atención, y, por eso, son ignoradas por los historiadores y por los medios. 

Localmente, cumplen las mismas tareas proféticas.  Cambian la vida de un poblado, de una ciudad, de una institución y, así, construyen también la historia que es hecha de millares de comunidades locales.

 

            La fuerza del Espíritu no cambia los recursos de los seres humanos, sino que infunde en ellos una energía nueva. Cada uno de nosotros conoce casos de personas que se convirtieron: eran inertes, indiferentes, pasivas y, de repente, se mueven, comienzan a obrar, a promover una nueva e intensa vida social. Allí Dios interviene en la historia. Esas personas son las mismas de antes, pero  su obrar es completamente renovado.

  En América Latina, tenemos en la memoria un ejemplo extraordinario de la fragilidad de las señales de esperanza: hubo la generación de Medellín. Esa generación - hecha de obispos, religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos — hizo pensar que la Iglesia estaba volviendo a sus orígenes. Si esa generación hubiese tenido vida secular, la Iglesia y el mundo serían diferentes. Pero esa generación está pasando y no hay otra que la esté  sustituyendo. Estamos en otra época histórica.    Después de una época de luz, vino una época de oscuridad. Aún así, esa generación dejó una herencia que no se puede apagar. Creemos que ella construyó algo irreversible. El retorno al pasado no puede apagar la esperanza.

  Nuevas fuerzas históricas impedirán que haya continuidad. La estructura administrativa de la Iglesia católica volvió al autoritarismo, a la concentración de todos los poderes y a la rigidez de estructuras que los conservadores y los integristas creen ser permanentes - pero que solamente tiene algunos siglos de historia.  La historia del pueblo de Dios es así: avanza y retrocede, pero la esperanza no muere. Cuando algo se deshace, aparece otro grupo para hacer de nuevo13.

 

13) Comenté algo de los últimos acontecimientos en un opúsculo publicado por Vozes en 2002: Um novo amanecer da Igreja?

 

7. LA ESPERANZA DEL PEREGRINO

 

            "Peregrinos y extranjeros" (Hb 11,13), ésa es la condición de los discípulos de Jesús. La peregrinación es la mejor imagen de la esperanza. Vivimos la esperanza como peregrinos en este mundo, como quien deja el mundo para caminar en él, sin salir nunca de él, yendo al encuentro de una etapa mejor en un movimiento que siempre recomienza. No es arbitrario que, desde los orígenes, la peregrinación  haya sido vivida, físicamente, como el sacramento más significativo. La peregrinación hace que el cuerpo viva la esperanza. Pues ésta no es sueño ni idea, es el ritmo, el sentido de la vida, y  nuestro cuerpo debe aprender eso.

  Jesús es "un camino nuevo y vivo" (Hb 10,20). La peregrinación de nuestra vida consiste en seguir el camino que es Jesús.

  En Oriente, la peregrinación y los peregrinos tienen una larga historia y ocupan un lugar privilegiado en la Iglesia, sobre todo en Rusia14. ¿Quien no oyó hablar del peregrino ruso? En Occidente fue San Francisco de Asís quien restauró la peregrinación y el caminar. Él mismo vivió recorriendo caminos, pasando por aldeas y poblados. Envió a sus hermanos por el mundo, de dos en dos, sin tener nunca casas, ni lugares fijos. Para él, la vida evangélica es una peregrinación constante. Prohibió que los hermanos tuviesen casas y nunca, en los primeros documentos, aparecen hermanos como guardianes o ministros encargados de dirigir una casa. Francisco quería imitar corporalmente la vida de Jesús y, por eso, necesitaba andar sin cesar.15 Sabía que el espíritu acompaña el cuerpo y que el seguimiento de Jesús debe comenzar por el cuerpo.

  Ya antes de Francisco existía la peregrinación a Santiago de Compostela, que millones de cristianos hicieron y continúan haciendo hasta hoy. Sabían y todavía saben que no hay mejor retiro espiritual, mejor ejercicio espiritual  que la peregrinación a Compostela. El cuerpo va al encuentro de la novedad, de aquello que el Padre nos preparó.

  Innumerables son los caminos de peregrinación  en la cristiandad toda, y, más allá de los caminos tradicionales, hay  peregrinos que viajan sin rumbo definido, siguiendo la propia inspiración.

  La vida de Jesús fue una peregrinación. El evangelio de Lucas la presenta literalmente como peregrinación (Lc 9,51), pero los otros evangelios lo muestran de la misma manera sin expresarlo explícitamente. Jesús anda de poblado en poblado, recorriendo la Galilea y subiendo a Jerusalén, donde termina la peregrinación. En su pueblo, la peregrinación a Jerusalén era parte fundamental de la religión. Jesús toma también el camino de Jerusalén, aunque con otro proyecto.

¿ Qué hay en la peregrinación que inspira la esperanza? 

  Por la peregrinación se hace la inversión del movimiento religioso tradicional, antiguo. Se pasa del tener al ser. En las religiones antiguas la persona acude a la divinidad para recibir. Trabaja, reza y viaja para recibir.  Su preocupación es tener más y la búsqueda de Dios también tiene por objeto el tener más.

  En la peregrinación el caminante no recorre el camino para recibir. Al final del trayecto no recibe nada, pero es una persona diferente. Se vuelve persona nueva. La caminata hace que se transforme. Caminando, el peregrino aprende a aprovechar todo sin  apegarse a nada, se vuelve libre, abierto al mundo y a los otros, menos apegado a sí mismo y más entregado a los demás. Se vuelve despreocupado y va adquiriendo la cualidad de la que habla Jesús cuando alude a los lirios del campo. Esa es una imagen de la esperanza, que no tiene por objeto recibir y no considera la vida eterna como un tener o una posesión de bienes exteriores a sí mismo. En la vida eterna no se ambiciona nada, a no ser la plenitud del ser humano - plenitud humana simplemente como ser. Cada día el peregrino va avanzando y se vuelve más humano, porque es menos propietario, más alejado de toda propiedad. Por eso Jesús condena el dinero. Ser cristiano no sintoniza con ser propietario. En la peregrinación no hay ninguna adquisición de propiedad. Y sin embargo, la persona se siente cada día más ella misma, más fuerte, más atenta, más receptiva. Se  vuelve más capaz de ver, observar, oír  y escuchar. En el camino se da el encuentro con muchas personas, y cada una de ellas va haciendo  que el peregrino se vuelva más humano - la apertura a los otros lo vuelve más humano.

  En su andanza Jesús no busca ni adquiere nada, pero encuentra otras personas, ofrece lo que puede dar, acepta mirar, oír, escuchar a los otros que lo llaman. Cada día  se muestra más humano, menos propietario y más entregado a los que encuentra en el camino. Mira hacia el mundo que descubre, al revés del propietario que mira hacia su propiedad.

  ¿Cuál es el objeto de la esperanza? Ser otro: ser más amor, ser más libre, puramente humano, sin calificativos. Los seres humanos se definen por el origen, por la familia, por las posesiones, por el poder, por las capacidades. El peregrino no busca eso - quiere simplemente ser más humano cada día que pasa, amar más, sin nada de propiedad. Llega al punto final de su peregrinación. No tiene más nada y no va a recibir nada, pero "es" más. Así fue con Jesús: al final de su peregrinación, en Jerusalén, no adquirió nada, no tenía más nada, perdió hasta los últimos bienes que podía tener - por ejemplo,  sus compañeros. Pero alcanza el punto máximo de la libertad y del amor en la afirmación del camino de salvación hasta la muerte. La última etapa de la peregrinación es la muerte vivida como apertura a la plenitud.

 

 

14) Cf. Michel Evdokimov, Pélerins et vagabonds mystíques, Cerf., París, 1987.

15) Cf. Kajetan Esser, Origens e Espirito Primitivo da Ordem Franciscana, Vozes, 1972, p.66-72.

 

  El peregrino espera llegar al fin, esto es, a su transformación según el modelo de Jesús. Lo que le importa es asemejarse a Jesús y nada más. Por tanto, a cada momento, espera ser fiel. Lo que pide es la constancia, la fidelidad, la perseverancia. Desde siempre esa es la primera gracia que se pide: la perseverancia. No podemos estar seguros de nosotros mismos. Cada día un camino nuevo, una etapa nueva constituyen una prueba nueva, un nuevo desafío. No sabemos con certeza si llegaremos al fin de todas las etapas. Esa es nuestra esperanza: poder continuar hasta el punto final. Lo que el peregrino espera es poder continuar. Cada mañana palpa  su cuerpo y  su espíritu para asegurarse que tiene la energía suficiente para la nueva etapa.

  La esperanza se está siempre renovando. Hay una esperanza para el día de hoy, otra para la semana, para el mes, para el año, para un período de la vida, para la vida entera y para más allá de esta vida - o sea, para la vida eterna. 

Hay continuidad entre todas esas esperanzas, aunque poco a poco puedan cambiar dentro de la continuidad básica. En conformidad con las experiencias de vida, la esperanza adquiere diferentes niveles. 

 

 

Las tonalidades de la esperanza son diferentes entre personas que sufren y que no sufren, enfermos y que tienen buena salud, pobres y ricas, las que pertenecen a la raza dominante y las de raza dominada, mujeres y hombres... Algunos cultivarán la esperanza desde el comienzo de la vida. Otros se convertirán más tarde o a veces al final de la vida. La trayectoria de la esperanza entre las personas es bastante diferente.

  El peregrino piensa en la etapa de hoy, pero también procura situar esta etapa dentro de la semana, del mes y de su vida. Cada día la esperanza se transforma en experiencia de vida, y desaparece poco a poco como recuerdo, y una nueva esperanza aparece, en continuidad con la anterior - pero siempre nueva, porque solamente se puede vivir realmente la esperanza del día de hoy.

  La peregrinación es una imagen. Pocos tienen la oportunidad de vivir toda la vida como peregrinos - tal cual el peregrino ruso. Pocos tienen la oportunidad de ser peregrinos durante años, aunque el número históricamente no sea despreciable. Los modernos medios de transporte cambiaron radicalmente el sentido actual de la peregrinación: muchos van en tren, en auto, en ómnibus o en avión para llegar al punto final de la peregrinación. Les falta la propia peregrinación.

  Esa imagen de la peregrinación ayuda a entender el sentido de la vida. Pues, para la mayoría, la peregrinación no se hace caminando por las calles materiales. El camino es interior: la persona va a buscar en el propio corazón  su verdadero ser. Por medio de las experiencias de vida se va  aproximando poco a poco a  su verdad, en una realización más completa de sí. Se puede realizar también el cambio,  maduración de sí mismo, dentro de la vida ordinaria. La imagen de la peregrinación ilumina esa búsqueda hasta el propio corazón. La esperanza parece más abstracta, pero realiza la misma transformación: como el peregrino, el discípulo va abandonando  su pasado, reconociendo en el presente la puerta que se  abre al futuro, se vuelve abierto a la etapa siguiente de la vida. Al final,  consigue conocerse mejor en aquello que era el objeto de su esperanza al iniciar el camino. La nueva Jerusalén se encontrará finalmente dentro del corazón.

 

           Los sueños de la juventud se van realizando en la edad adulta y en la vejez, para los que cultivan los sueños de "ser" más. Si los sueños fuesen de "tener" más, algunos conseguirían realizarlos, pero la mayoría quedaría desilusionada. Es mejor no alimentar tales sueños en la juventud.

  La marcha nunca es solitaria y la peregrinación tampoco. En un inmenso pueblo que está peregrinando, cada uno encuentra  su lugar, y sigue estimulado por los otros. En ese pueblo en movimiento, algunos están más adelante, otros van siguiendo con mayor dificultad. Algunos paran en el camino, desanimados, antes de retomar el viaje. Está, en la peregrinación, toda la especie del género humano. Al fin estará la realización completa, el punto de llegada, después de esta vida, en el mundo nuevo al cual se tiene acceso por la resurrección. Durante siglos, la predicación católica o protestante fue de tipo apocalíptico: esta vida servía como preparación a la muerte y a la vida futura - como si no hubiese otra meta. Todas las metas terrestres estaban desprovistas de valor. Los misioneros inculcaban una visión pesimista de la vida en este mundo, recomendando a los cristianos el máximo apartamiento de las cosas del mundo para poder  dedicarse a la preparación al cielo. Crearon un referencial de devociones y actos de culto, de oraciones y mortificaciones - cuya práctica afirmaban ser necesaria para poder entrar en el cielo. Enseñaron un cristianismo triste, angustiado por el pecado, como si todo en este mundo fuese tentación. Suprimieron las fiestas y la alegría, como si cada satisfacción en esta vida fuese un pecado - o, al menos, una imperfección. Transmitieron a los pueblos la austeridad de vida de los conventos, considerando esa austeridad como marca de santidad. Alguien decía: ¡para los cristianos, todo lo que es bueno en la vida es pecado! Finalmente, en la segunda parte del siglo XX, hubo un rechazo de la sociedad cristiana a ese modo de vivir, inculcado por la práctica pastoral de las Iglesias - o sea, del clero.

 

            Actualmente, en  Europa, los pueblos están cada vez más distantes de esa herencia cristiana, por no haber conocido el alegre anuncio de la esperanza. La esperanza que les fue enseñada fue apenas la del cielo, y quedaron con náusea del cielo. En América Latina, el clero no tuvo la misma capacidad de dirigir la vida social, y, por eso, no se dio la misma reacción. En cambio, en  todos los sectores en que la presencia del clero o de los religiosos fue fuerte, existe la misma reacción.

  No tenemos ningún medio de acceso directo, ninguna preparación directa o específica para la vida eterna. La otra vida viene al final del recorrido, estando fuera de nuestro alcance. La vida eterna es el punto de llegada de la peregrinación. Ella procede de la peregrinación terrestre, de la esperanza vivida cada día en este mundo. Una vida de penitencias y mortificaciones es vana: no nos prepara para la vida eterna, sino que desvía el verdadero sentido de la esperanza. Lo que está a nuestro alcance es la vida presente. La esperanza se refiere a esta vida, sabiendo que la otra será la realización de ésta. El apocaliptismo es un desvío del evangelio16, y, en lugar de atraer a la humanidad al cristianismo, sirvió para apartarla.

 

8. LOS PROFETAS DE LA ESPERANZA

 

            No hay esperanza sin profetas. La misión de los profetas es suscitar y alimentar  la esperanza. Así fueron los profetas de Israel, que son los íconos de la profecía. El profeta aparece cuando el pueblo deja de tener esperanza y se vuelve prisionero del presente. 

 

 

 

            Cuando se tiene la impresión de estar prisionero, en una situación sin salida; cuando un pueblo está dominado por un pensamiento único, obcecado por una religión que sacraliza a los poderes dominadores; cuando la esperanza está siendo substituida por los deseos o por los resentimientos - porque los deseos fueron reprimidos - cuando el pueblo se olvidó de la esperanza, entonces los profetas levantan a voz.

  Nadie fabrica profetas. Ellos son imprevisibles e indispensables. Ningún pueblo se libera repentinamente sin haber sido provocado. Ningún pueblo entra en el camino sin ser convocado. En el cristianismo, el ministerio fundamental es el ministerio del apóstol, y  después viene el profeta, como dice San Pablo (I Cor 12,28; Ef 2,20).

  El profeta recuerda las promesas del comienzo, que están en la base y en el origen de la esperanza y define la vocación y el destino de la humanidad. Denuncia la traición de un pueblo que se encierra en el gozo presente. Quien goza son los poderosos y a los otros se les enseña que  su vocación consiste en dar gozo a los poderosos. Los poderosos apartan al pueblo de su camino y quieren estabilizar al pueblo en su sumisión. No son solidarios, no son parte del pueblo. Están encima del pueblo, para poder explotarlo y colocar  su camino al servicio de su voluntad de poder.

  El profeta recuerda que la vocación de la humanidad es la esperanza caminando hacia un mundo de libertad. Recuerda que otro mundo es posible, aún cuando todos crean que es imposible. Es el anunciador de la posibilidad humana sin límites, cuando todos quieren convencer al pueblo de que no hay otra salida, no hay otra solución. Los falsos profetas, hoy tan numerosos, quieren mostrar a los pobres que no hay posibilidad de liberación. Quieren convencerlos de que ellos, los poderosos, hacen todo lo posible para liberar a los oprimidos, pero tienen dificultades insuperables. Inevitablemente el profeta entra en conflicto con la sociedad establecida y con las falsas élites que crearon un sistema que les permite explotar las riquezas naturales, los recursos de la inteligencia humana y el trabajo. El conflicto es inevitable. Los profetas fueron perseguidos.

  Jesús realizó a la perfección el modelo de profeta. Fue el profeta por excelencia. Vino a recordar a su pueblo  su verdadera vocación. Denunció la traición de las élites y anunció la liberación de su pueblo. Vino  a resucitar la esperanza. Fue perseguido y murió por haber sido profeta.

  Después de Jesús, todos los cristianos están llamados a ser profetas - individual y colectivamente, pues forman un solo cuerpo en Jesús. Ellos cumplen la misión del profeta colectivamente como pueblo reunido en Jesucristo (Hech 2,16-20). Por eso, el pueblo de Dios es como la sal de la tierra, como una ciudad construida en la cima del monte, como una lámpara colocada bien alto para iluminar todo el ambiente.

 

           De ese modo está definida la misión de la Iglesia, parte visible del pueblo de Dios: ser una minoría que despierta la esperanza en la humanidad y, de esa manera, señala el rumbo. La Iglesia no tiene  finalidad en sí misma. Es una señal levantada para atraer a todas las naciones. Es una señal de esperanza - la misma que Dios suscitó desde Abraham. Claro que, a medida en que aparece como un pueblo al lado de otros - con tanta especificidad como los otros, generando una cultura como los otros -,  deja de ser señal para  confundirse con los demás. Deja de atraer, porque  su presencia despierta una reacción de defensa de la identidad. Los otros se sienten alcanzados en su identidad y reaccionan, procurando defenderse.

  La Iglesia, para ser un pueblo de profetas, necesita  profetas individuales. Tales profetas aparecerán en la historia, de modo irregular. En ciertas épocas proliferan, en otras menos y, en otras, desaparecen.

 

 

Por eso, en nuestra época, como en muchas circunstancias en su historia, la Iglesia necesita de profetas para poder cumplir adecuadamente  su misión. La Iglesia necesita de ellos para volverse profética de nuevo, esto es, para recuperar el sentido de su vocación y de su misión.

  La Iglesia actual cultiva con gran cuidado  su identidad, a tal punto que esa preocupación llega a ser patológica en ciertos momentos. Esa identidad no es otra cosa sino los elementos culturales que se fueron  sumando a lo largo de 2.000 años, hasta constituir la compleja institución actual. Aferrada a su identidad, la Iglesia  se volvió incapaz de hablar ni siquiera para los pueblos que ya fueron cristianos durante siglos.

  Desde el comienzo aparecen profetas en la Iglesia. Después de la generación de los apóstoles, los profetas - muchas veces itinerantes - aparecen al frente de la Iglesia.  Más tarde, cuando se forman comunidades estables, adoptando el código de vida social basado en la familia - predominante en la sociedad imperial -, se impone  el ministerio local con obispos y presbíteros ligados a un lugar.  Los ministros itinerantes van a desaparecer poco a poco, y en el Concilio de Nicea (325 d.C.) ya no existen más. La Iglesia, convocada y dominada por el Emperador, se sentía capaz de conquistar el universo y podía dejar de ser misionera, no necesitando más  profetas - su presencia serviría apenas para perturbar el orden. Se pensó que la Iglesia precisaba, en primer lugar, de administradores - y dispondrían la formación de un clero que fuese administrador.

 

16) Cf. R. J. Blank, Escato/og/a do mundo: o projeto cósmico de Deus. Sao Paulo: Paulus, 2001, pp. 303-319.

 

Entre tanto, la profecía reapareció cuando la Iglesia perdió  su vigor - con la decadencia del clero, la paganización de la religión y la fijación de las estructuras sociales de dominación. La Iglesia perdió la continuidad con el espíritu evangélico varias veces en la historia. Entonces reaparecerán profetas en la figura de monjes, frailes, eremitas y predicadores populares.

  ¿Y en la actualidad? Claro que las actuales estructuras de la  Iglesia dejaron de ser funcionales. Pero el problema es más amplio.  Se trata de redefinir la misión de la Iglesia: el desafío no es la lucha contra las herejías, las deformaciones litúrgicas, la falta de disciplina y de uniformidad. El desafío es la evangelización de un mundo cada vez más apartado del cristianismo - por ejemplo, en las viejas tierras de la cristiandad. Millones no perciben, en la actuación de la Iglesia, el alegre anuncio del Reino de Dios, la libertad del Espíritu y la prioridad del amor, sobre todas las leyes.

  Fue esa la situación que Juan XXIII percibió y que tuvo en mente cuando .convocó el Concilio. Pero no fue entendido. La mayoría de los obispos todavía estaban anclados en la fase anterior, lejos del desafío de evangelizar al mundo nuevo. Encontraban que  su misión era administrar el pasado y no anunciar el futuro.

  En la preparación del Concilio Vaticano II actuaron millares de hombres y mujeres dotados de carisma profético. A los obispos, teólogos y sacerdotes comprometidos con su pueblo, se sumaron laicos que lideraban movimientos sociales, así como escritores y artistas que abrieron espacios para una nueva figura de Iglesia. 

            Después del Concilio,  América Latina testimonió el nacimiento de muchos mártires, de Santos Padres - los obispos de Medellín y Puebla, de sacerdotes, religiosas y religiosos comprometidos con el pueblo, de laicos del medio popular o intelectuales, que tuvieron papel profético, despertando la esperanza de una Iglesia diferente al servicio de la humanidad, de los oprimidos y de los pobres.

  Todo ese contingente de hombres y mujeres esperó contra toda esperanza, porque las estructuras eran tan rígidas que no dejaban entrever ninguna salida. 

 

Son conocidas las reflexiones del P. Leiber, SJ, que había sido confesor de Pio XII: la Iglesia católica es como un castillo medieval rodeado de agua, con el puente levantado y cuya llave fue arrojada al agua. Ella es irreversible y voluntariamente prisionera de sí misma. Las barreras son tan fuertes que impiden cualquier tentativa de cambio. Sin embargo, a la hora en que menos se esperaba, apareció Juan XXIII. Actualmente no sabemos lo que piensa el confesor del Papa, pero muchos compartirán el punto de vista de que la Iglesia volvió a encerrarse en el castillo medieval.

  Los que promovieron el Vaticano II, Medellín y Puebla vivieron y despertaron la esperanza, mostrando al mundo una figura de cristianismo que no se conocía. Fueron evangelizadores porque anunciaron el Reino de Dios y  su testimonio confirmaba  sus palabras. Aguárdase una nueva generación de profetas para animar y convertir de nuevo al pueblo de Dios. Se trata de cambiar a la Iglesia de tal modo que pueda ser señal de esperanza para la humanidad, renovando las energías en vista de un mundo diferente del que  está.

 

------------------------------------

PAGE  

 

 

PAGE  35

 

 

 

“En la actualidad asistimos a una enorme expansión de religiones de satisfacción de los deseos.

Si nuestra cultura es, como decía J. Galbraith, una cultura de la satisfacción, esa realidad no podría dejar de influir en la religión. Se multiplican las religiones cuyo objetivo es invocar a Dios o a las fuerzas sobrenaturales para dar seguridad, tranquilidad interior, paz, salud, equilibrio psicológico, empleo, felicidad. Ellas defienden una teología de la prosperidad. Esas religiones crean un ambiente de fervor religioso, de emoción, de alegría tal que las personas alcanzadas por ellas se sienten consoladas y fortalecidas. Muchas veces tienen la impresión de que sus enfermedades desaparecerán. La religión de satisfacción de los deseos penetró profundamente en el protestantismo y también en el catolicismo, situándose en las bases de las nuevas religiones holísticas. El objetivo es siempre el bienestar individual. Tales religiones están muy lejos de la esperanza de Jesús, porque son sólo una fuerza que ayuda a satisfacer los deseos. Ignoran el mensaje de Jesús. Invocan sin cesar la Biblia, pero desconocen su contenido”