Teólogo P. José Comblin

 

 

 

1.- El problema latinoamericano.

 

Las naciones latinoamericanas son herederas de los imperios coloniales de España y Portugal. Estos imperios fueron creados por medio de la esclavización de los habitantes y por medio de la importación de esclavos de África. Es un ejemplo histórico casi perfecto de la eficiencia por medio de la ausencia completa de ética. Es verdad que los grandes imperios anteriores fueron también construidos en base al desprecio total de la ética: los antiguos imperios del Medio Oriente, el imperio de Egipto, el imperio romano han sido posibles por la esclavización de pueblos enteros.

 

Es verdad que san Agustín dijo que el imperio romano era un inmenso crimen. Agustín era africano que sabía mirar el imperio con una mirada crítica. Cuando se construyeron los imperios de España y Portugal, hubo algunas protestas por parte de algunos misioneros que fueron condenados, muertos o enviados a la cárcel casi todos. Sus escritos no fueron publicados antes del siglo XIX cuando los imperios ya habían desaparecido. El conflicto era total. En 350 años, solamente 4 sacerdotes protestaron contra la esclavitud en Brasil. Por supuesto ellos fueron inmediatamente castigados sin que la autoridad eclesiástica les ofreciera ninguna defensa. La historia está llena de hechos semejantes.

 

Hoy día asistimos a la formación de un nuevo imperio mundial. Por medio de las multinacionales, se destruyen todas las estructuras económicas y sociales interiores, reemplazando esas estructuras por sistemas de una tecnología más avanzada. La agricultura tradicional está desapareciendo. Las industrias tradicionales ya desaparecieron. El comercio local tradicional desapareció. El nuevo sistema creó un vacío para poder existir. La condición de los trabajadores cambió.

 

El nuevo sistema invoca criterios de eficiencia. Para que la economía sea eficiente, todo debe cambiar aunque haya millones de víctimas. El nuevo sistema selecciona y prepara algunos trabajadores bien formados y los somete a una disciplina corporal y mental radical.

 

Estos viven una vida de trabajo intensa, “competitiva”, sin garantía, pues pueden ser despedidos en cualquier momento. Los más altos en la jerarquía del sistema tienen sueldos siempre más importantes y los trabajadores de rango inferior sufren la depresión de sus sueldos. Los otros seres humanos que no fueron seleccionados, están abandonados a su suerte. Para la economía, ellos no existen. No son esclavos porque el sistema funciona con pocos trabajadores. Son sencillamente inútiles.

 

Todo esto es hecho en nombre de la eficiencia. Hay una transformación necesaria de la economía y ésta exige el desaparecimiento de todo lo anterior. Lo que pasa con los trabajadores no importa. Son las víctimas inevitables. No habría progreso si no se cambiara el sistema de producción y la eficiencia del progreso no puede ser impedida por la resistencia de los trabajadores del sistema anterior que ya no es viable.

 

Juan Pablo II decía que el trabajador es más importante que el producto del trabajo, pero todos los imperios dijeron al revés que lo que importa es el producto y que los trabajadores son subordinados a la producción. Allí está el conflicto.

 

 

 

2.- La eficiencia

 

Debemos preguntarnos de qué eficiencia se trata. De hecho, para construir un imperio es inevitable que haya víctimas porque se afirma la necesidad de efectos rápidos. Para la extracción de la plata en Potosí murieron miles y miles de indígenas. Pero, ¿era necesario extraer tanta plata? ¿Para qué la plata? Para enriquecer a los reyes y los grandes de España. ¿Era indispensable? Para plantar caña de azúcar era necesario importar esclavos y someterlos a trabajos agotadores en la condición de esclavos ¿Para qué? Para enriquecer a una pequeña clase de “senhores de engenho”. Realmente la ética es un obstáculo cuando se quieren acumular grandes riquezas de la manera más rápida posible. ¿Es esto la eficiencia? La ética entra en conflicto con la eficiencia en tales condiciones. 

 

En los años 60 a 80 o 90 en América Central, la cuestión fue colocada también en los movimientos revolucionarios. El tema era el uso de la violencia armada. Había una controversia. Un movimiento pensaba que la violencia armada no era eficaz en América Latina, pero manteniendo la tesis de que en casos extremos, la revolución violenta es legítima. En ese caso no habría conflicto entre ética y eficiencia. Pero, si la acción militar es ineficiente, no es legítima. Había un partido que pensaba que había la posibilidad de una acción militar eficiente. Pensaban que se podría reproducir en América Latina lo de Cuba: con pocos hombres y pocas batallas había sido posible derrumbar el gobierno de Batista. Pero, esas circunstancias eran excepcionales y lo que sucedió en Bolivia con la muerte del Che mostró que en realidad no había condiciones.

 

Sin embargo, en Nicaragua en 1980 hubo condición. El régimen de Somoza ya no era tan fuerte y ya no tenía apoyos exteriores por la enormidad de la corrupción de su gobierno. La Conferencia Episcopal dio su acuerdo para que los católicos entraran en el movimiento sandinista como combatientes en las acciones armadas. Después de la victoria sandinista, en pocos meses de gobierno el episcopado conducido por dom Obando, futuro cardenal Obando, tomó posición contra el nuevo gobierno, denunciado como marxista. Pero su documento anterior permanece y es una confirmación de la doctrina de la legitimidad de la guerra en última instancia.

 

En ese caso no hay conflicto entre eficiencia y ética. La ética aprueba si hay perspectiva de eficiencia.

 

En la actualidad el problema no se plantea. Nadie más cree en el éxito posible de una revolución armada. Puesto que el enemigo es el conjunto de corporaciones que controlan la producción y el capital mundial, no se ve por donde una acción militar podría actuar.

 

No se plantea tampoco el problema del terrorismo, porque no hay ningún movimiento por el momento que quiera practicar el terrorismo. De cierto modo lo practicó el Sendero Luminoso en el Perú, pero por el momento ya no hay movimiento fuerte que quiera adoptar el camino del terrorismo, que históricamente se reveló ineficiente. El mismo Sendero Luminoso ha sido casi destruido, y no tiene ninguna posibilidad de acción eficiente.

 

En la actualidad, el problema de la eficiencia se refiere a la forma como se realiza la llamada globalización. Los grandes conjuntos financieros y las multinacionales quieren lucros extravagantes inmediatamente. Por eso necesitan destruir la sociedad antigua y someter a todos a la conquista de esa riqueza. Esa es la eficiencia que quieren. 

 

Podemos entender eficiencia en otro sentido. Sería eficiente una sociedad que logra promover y desarrollar a todos sus miembros. En ese caso la ética combina con la eficiencia. Los imperialistas dirán que esa eficiencia es imposible. Sin embargo hay otros pueblos que no practicaron la dominación y pudieron desarrollarse. 

A largo plazo la riqueza acumulada se hace obstáculo al progreso. En América Latina la inmensa riqueza acumulada en pocas manos es un obstáculo, porque no se sabe que hacer  con los descendientes de los esclavos que no fueron integrados, lo que es el mayor atropello a los derechos humanos. Las sociedades que practican la igualdad se desarrollan más y muestran eficiencia, más que los imperios. La ética favorece en lugar de impedir la evolución.

 

La eficiencia debe ser ética y la ética debe ser eficiente. Si la ética no es eficiente, ella es inútil y solo sirve para engañar o despertar ilusiones vanas. Es el caso de los sistemas de moral puramente teóricos que no tienen ningún impacto en la práctica social. Si la ética es de tal modo universal, general, históricamente indeterminada, no sirve para nada y no es ética porque no va a producir obras buenas.

 

La eficiencia debe ser ética. Hemos visto que ella será ética si tiene objetos limitados, no busca el poder por el poder y no suprime la libertad. Si la eficiencia consiste en obligar a todos a construir pirámides, no es ética. Su valor ético va a depender de los fines que pretende alcanzar y de los medios usados. Si los fines son la busca de un poder inmenso, inevitablemente será necesario usar medios destructores de la libertad humana. Sucede que los grandes crímenes del pasado dejaron grandes monumentos. Sin dominación inmoral no existirían esos monumentos, ni siquiera la basílica de San Pedro en Roma. Las obras de los esclavos que sacrificaron su vida sirven hoy para el turismo mundial. Los turistas ni siquiera se preguntan quienes son los que construyeron esas maravillas.

 

3.- ¿Cómo actuar para la liberación de los pobres?

 

La Iglesia. Puede despertar la esperanza. Por el momento, no hemos descubierto todavía los caminos de esa liberación por lo menos a nivel nacional o mundial, aunque muchas realizaciones parciales sean posibles a nivel local. Por lo tanto la esperanza es más difícil porque está a la espera de circunstancias nuevas, imprevisibles.

 

Las grandes masas andan desconcertadas. Ya no confían en el sistema dicho democrático. Están esperando líderes carismáticos como en Venezuela o Bolivia. Lo mismo se siente en México, en el Ecuador, en el Perú. En Brasil hay señales muy visibles que muchos esperan que Lula se transforme en ese líder, pero hay un desconcierto porque no define claramente si quiere ese papel o no.

 

Si el modelo carismático se extiende, la Iglesia institucional estará en un desafío difícil. En Venezuela el episcopado y la mayoría del clero que siempre estuvieron estrechamente asociados a la burguesía dominante, condenan severamente a Hugo Chávez y conducen la oposición. En Bolivia hasta el momento hay vacilación. ¿Cómo reaccionará la Iglesia si el fenómeno se multiplica? Hay mucha probabilidad que esto suceda porque la llamada democracia no solo no ha solucionado ningún problema de los pobres, sino que más bien los aumentó.

 

Los líderes tendrán el apoyo de las masas populares, pero el odio de la burguesía, de las multinacionales y de modo general de todo el sistema económico. ¿La Iglesia estará con quién?

 

Lo más probable es que el clero exprese una multitud de argumentos éticos para condenar gobiernos más populares. Irán a defender el carácter ético de la democracia, sin reconocer que las clases dominantes solo aceptan la democracia si ella no pone en peligro sus privilegios. ¿Qué harán las Fuerzas Armadas? Su actitud puede depender en buena parte de la actitud de la jerarquía católica. En nombre de la ética irán a condenar la eficiencia de los gobiernos populares. Habrá que examinar qué es esa ética que en realidad defiende la opresión y la dominación de los pobres.

 

La Iglesia estará en un dilema: ¿opción por los ricos u opción por los pobres? Ambos invocan una ética. La clase dominante invoca los principios democráticos que con tanta facilidad sacrificó en tiempos de los gobiernos militares apoyados y orientados por ella.

 

¿Quién podrá apoyar a los pobres y a gobiernos populares? Solamente los que estarán viviendo en medio de ellos, conociendo por experiencia su condición real. La condición para entregar el mensaje de esperanza es estar presente en medio de los pobres. Hace 30 años había muchos misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas o seglares que vivían en medio de los pobres y por eso lograron formar comunidades y suscitar su colaboración en obras colectivas de liberación. Hoy en día parece que la situación es diferente. Puede cambiar. Una nueva generación puede aparecer en medio de acontecimientos más fuertes que puedan descubrir la realidad de su país.

 

 

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