Entrevista al Teólogo P. José Comblin

Spiritus: La idea es que en Brasil, el espacio de las Comunidades Eclesiales de Bases (CEBs) contribuyó mucho para la democracia.

 

¿Qué piensa usted a este respecto?

 

P. Comblin: Las CEBs tenían una importancia grande en medio de los movimientos

Populares, pero decir hasta qué punto los movimientos populares son los que hicieron la redemocratización, resulta muy dudoso. Por ejemplo, después de la redemocratización se vio que quienes mandaban eran los mismos que todos los jefes políticos del régimen miliar. Todavía estaban ahí y tenían los puestos, o sea, que socialmente no hubo cambio alguno. La clase de los trabajadores no se aprovechó del cambio, incluso desde entonces ha bajado el nivel de protección, de defensa de los derechos de los trabajadores. La redemocratización fue una democratización más bien ficticia.

 

¿De dónde viene la idea de la democratización?

 

P. Comblin: Del exterior (de la Iglesia). La idea de democratizar fue primero del General Golbery do Couto e Silva quien fue el gran ideólogo del régimen militar. Él había visto y dicho claramente que si quería desprestigiar a la Iglesia y hacerle perder su autoridad y prestigio había que redemocratizar. La redemocratización le quitaría a la Iglesia su papel de representación de intereses populares. Y así sucedió. De hecho, después de la democratización la Iglesia ya no tuvo mucha importancia en la vida nacional. Más bien, los políticos volvieron a la religión tradicional, a valorar la religión tradicional, y todos los obispos, sacerdotes, frailes y otros que son de la religión tradicional, se han mostrado como sus aliados tradicionales.

 

El público de la CEBs finalmente entró en el partido de los trabajadores (PT) y constituyó un cierto elemento en el PT, y de ahí tenía una cierta influencia. Conquistaron algunos gobiernos de Estado, como en Rio Grande do Sul, y algunas alcaldías importantes, como Sao Paulo y Belo Horizonte. Ahí algo pudieron hacer de trabajo social, a través de los gobiernos estatales y municipales. A nivel federal, el camino está todavía cortado y posiblemente para mucho tiempo. Pero por intermedio del PT, los movimientos de las comunidades tuvieron su influjo. Aunque actualmente las relaciones no sean tan claras. La conexión política no es tanta. Hay una tendencia para desvincular la política de la Iglesia. En eso hay una insistencia muy grande, que viene desde Roma y desde otras partes. Esto lleva a un miedo de ser conectado con un partido determinado y ese miedo hace que de hecho las comunidades ya no actúen tanto en el mundo político.

 

Cuando se comenzó a hablar sobre democracia en Brasil, todavía durante la

dictadura militar, ¿Los cristianos aportaron alguna idea concreta sobre qué

tipo de democracia se proyectaba para Brasil?

 

Ah, se querían todas las maravillas, una democracia ideal, pensando que entonces el pueblo tendría la palabra. Pero en la práctica, el sistema funciona de tal modo que hoy día el pueblo no tiene mucho que decir. Además, en ningún país del mundo, en ninguna democracia, hoy día el pueblo tiene algo que decir. Son algunos grupos que lo deciden todo, todas las decisiones son tomadas fuera del parlamento, fuera del congreso, fuera del gobierno, por entidades más poderosas y fuertes. Un periodista importante aquí, Janio de Cuadros – que es un columnista de Folha de Sao Paulo – decía: Desde el año 90 no había ninguna medida del congreso que no fuera contra los trabajadores. Todas las leyes fueron votadas en contra de los trabajadores. En ningún momento hicieron una ley a favor de los trabajadores. Quiere decir que la situación no ha mejorado desde el régimen militar. La democratización no ha mejorado la situación de los trabajadores, y menos todavía la de los pobres y los excluidos.

 

Ahí hay un desafío, cómo encontrar una posibilidad para la democracia real, porque actualmente para elegir un diputado hacen falta millones. El Presidente de la República no se elige con menos de 50 millones de dólares, porque hay que hacer campaña, etc. Entonces es muy difícil que de hecho se llegue a que los candidatos populares tengan un gran prestigio y puedan ser elegidos. O sea, este sistema llamado democrático que funciona ahora, es un sistema que permite ser manipulado por las elites del país: los grandes, la elite cultural, económica, política, grupos muy restringidos que son los que pueden tomar decisiones.

 

Por ejemplo, la decisión de mantener el Real, que luego costó al Brasil 30, 40 millones de dólares y que al final no resultó: ¿quién decidió eso? ¿Quién dispuso de toda esta plata? Un grupito de gente del banco Central, diez personas tienen el poder de gastar lo que permitiría solucionar el problema de todas las favelas. Con esta plata se podría haber dado una casa a todos los brasileños que no la tienen, habría permitido solucionar la reforma agraria, para dar tierra a todos. Pero no, se prefirió gastar la plata para mantener la paridad del Real con la ilusión de que con eso vendrían los capitales extranjeros. Para esa decisión nadie consulta ni al pueblo ni a los medios de comunicación, sino que esas decisiones son tomadas sin ninguna interferencia de los ciudadanos.

 

En esa situación, ¿la Iglesia puede aportar el ordenamiento social y político desde la doctrina social?

 

Todos los políticos aquí dicen que aplican la doctrina social de la Iglesia. Todos están de acuerdo, aplauden, aclaman, todos son de la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina es tan flexible, tan indefinida: “a veces sí”, “tal vez”, “quien sabe”,”un poco por aquí”. Todo el mundo puede identificarse con esta doctrina. Tiene un nivel de una generalidad tan grande que todos pueden encontrar ahí su justificación, y eso no sirve de mucho. Si no hay opciones más claras y decididas, no tiene percusión. También la combatividad de la Iglesia ha disminuido, porque los obispos que estaban al frente, o han muerto o se han jubilado, y la nueva generación es completamente diferente Son toda gente buena, todos hombres muy buenos, piadosos, con buena voluntad, pero no tienen el vigor y la fuerza de la generación anterior. Entonces tampoco no tendrán la misma repercusión.

 

¿Cómo reacciona la Iglesia frente al hecho de verse ahora quizá algo más

marginada de la gestión de la sociedad en comparación con quince o treinta

años atrás?

 

 

Ahora está muy claro que la Iglesia quiere usar los instrumentos modernos y de la cultura moderna para reconquistar el poder. En eso el P. Marcelo Rossi (1) es el símbolo de toda nueva orientación, con televisión, grandes manifestaciones y procesiones, gran visibilidad. Se quiere recuperar más audiencia, prestigio y poder. Esa es la orientación y opción de la Iglesia mayoritaria, aunque la Conferencia Episcopal oficialmente no lo diga, pero en la práctica es la opción por el poder.

 

Han tenido bastante miedo de las “sectas” protestantes, de los pentecostales que están en la ofensiva, de las nuevas religiones y entonces hay que usar las mismas armas y métodos. Ellos hacen grandes festivales y shows – nosotros también. Ellos curan los enfermos- nosotros también vamos a curar los enfermos. Ellos tienen el Espíritu Santo- nosotros también vamos a tener el Espíritu santo. O sea, imitamos las mismas tácticas y el mismo programa de las “sectas” para reconquistar. Eso consciente o inconscientemente penetra en todo, a nivel parroquial, a nivel de pequeñas comunidades, a nivel diocesano, lo que provoca un cambio. En los últimos diez años eso ya es bastante visible en San Paulo, por ejemplo. Un cambio naturalmente es muy apreciado y muy apoyado en Roma. En Brasil ya no hay ningún arzobispo combativo. En el interior y en lugares escondidos todavía existen, pero en los puestos importantes ya no hay líderes así. El clero joven no quiere saber nada de implicación social y política sino que busca justamente prestigio, recuperar más gente, reforzar la parroquia y renovarla, darle más visibilidad y más expresividad.

 

En los diez o quince años que vienen, esta tendencia va a predominar. Hasta que haya un cambio en la sociedad, porque la sociedad actual favorece eso completamente: los movimientos populares silenciados, desorganizados y desmovilizados y un pueblo temerosos de perder su empleo, con una cesantía inmensa y el subempleo más grande todavía. Todo esto favorece una religión de pura expresividad y de pura exterioridad. Entonces probablemente eso va a predominar en los próximos diez o quince años, y después vendrá otra generación. Para entonces, ¿cuál será la forma de democracia? Una vez que se llega a un nivel de desintegración social, de anomia, nace la aspiración a una dictadura. Yo creo que inevitable que se produzca una nueva fase de dictaduras de tipo populista, un nuevo peronismo y cosas como las que ya suceden en Venezuela. La tendencia va en ese sentido. Cuando esto pase, ¿qué va a hacer la Iglesia en ese caso? ¿Va aliarse con el nuevo dictador? ¿Cómo va a hacer eso? Esta es una incógnita. Es muy probable, por lo menos en varios países, que la Iglesia va aliarse al dictador. Esa es la tradición.

 

¿La Iglesia ha aprendido algo de los procesos y compromisos democratizadores de las comunidades de base?

 

Aprendió, y después se perdió la lección. Aprendió, pero después hubo un corte, porque la nueva generación sacerdotal es completamente diferente: Vuelve al pasado. Cierra el paréntesis de treinta años y vuelve al esquema anterior, a la tradición anterior a un sistema de organización clientelista, patronal, en que el padre es el Padre el pueblo, como el pequeño dictador que organiza todo, hace todo, que organiza su propio culto y vuelve a la tradición. La interrupción de estos treinta años no fue lo suficientemente fuerte, fue combativa en Roma de modo sistemático y completo y entonces no encontró más apoyo grande en el episcopado. Los religiosos han sido desprestigiados, destrozados, la CLAR (Confederación Latinoamericana de Religiosos) ha sido combatida con mucha fuerza, de tal modo que aún los religiosos en muchos lugares son los que podrían tener autonomía, pero no se sienten muy seguros. Hay el crecimiento de los nuevos movimientos espirituales, como la renovación carismática, el Opus Dei y los Legionarios de Cristo que van creciendo más todavía. Esto movimientos tipo tradicional, integrista, son un buen refugio en una época de confusión, de desorden, de confusión mental. Ahí hay seguridad. Orden, las cosas claras, bien definidas. Esos movimientos van a ocupar posiciones importantes en algunos años más.

 

Pero el mundo cambia, todo cambia. Vendrá otra generación. Hay que permanecer con paciencia y perseverancia, “aunque es de noche”, como dice José Maria Vigil. Estamos en la noche oscura, como dice José Ignacio González Faus en su último libro. O sea, exteriormente la Iglesia triunfa, está en una fase triunfal y triunfalista, y el Jubileo será un triunfo. Pero, claro, ¿un triunfo de qué?

 

Entrevista realizada por Spiritus en Sao Paulo

Durante el simposio de Misionología, en Mayo de 1999

 

 

((1) Se trata de un joven sacerdote de Sao Paulo quien se deja presentar en muchos medios masivos como un vedette (con títulos de “cura aeróbico” y por el estilo). El P. Marcelo Rossi organizó un “carnaval alternativo” al que acudieron miles de jóvenes, y regularmente celebra con grandes multitudes en estadios etc., actos religiosos que se inscriben en la Renovación Carismática católica. Se ha constituido un fenómeno que es estudiado por muchas disciplinas, más allá de la teología. (N.E.).

 

Transcriptor - editor: Enrique A. Orellana F.

 

 

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