Por teólogo José Comblin

 

 

INTRODUCCION

 

 

 

Como dijo el historiador Erc Hobsbawn: “El siglo XX fue breve”. Comenzó en 1914 con la primera guerra mundial y terminó en 1991 con el desaparecimiento de la Unión Soviética y el advenimiento de la única superpotencia mundial. De hecho, esta última fecha abre una època nueva. Mientras que el año 2000 no fue marcado por ningún hecho significativo – e incluso los acontecimientos de 11 de setiembre de 2001 podrían haber sido previstos desde 1991. Eso nos permite decir que ya tenemos unos 15 años de experiencia del siglo XXI. Ya podemos tomar nota de algunas características que estarán presentes en este siglo recién iniciado.

 

Lo que de ahora en adelante condiciona todo es el nuevo imperio americano. Antes los Estados Unidos procuraban mantener su dominio sobre la mitad del mundo, con el deber de defenderse contra un enemigo de potencia semejante que dominaba la otra mitad. Ahora los Estados Unidos se atribuyen a ellos mismos la misión de dirigir el mundo entero. En la ideología imperial, la finalidad es la paz mundial, así como dijeron todos los imperios- y sobre todo el imperio romano, con el cual los americanos de hoy gustan identificarse. Ese imperio es militar y político en primer lugar, pero el garantiza también la globalización de la economía- o sea, su integración en la economía americana. Además de eso, los Estados Unidos dominan la cultura mundial y consiguen cambiar costumbres y tradiciones locales, implantando en todas partes su modo de vivir. Nació un pensamiento único, un modo de vivir único, un sistema de valores único. Quien no se adapta queda fuera de la red de comunicación mundial. Su nombre es ignorado.

 

El imperio americano promueve, en el mundo entero, una cultura de individualismo radical. Practica el neoliberalismo, que hace del ser humano una mercadería. El mundo es visto como un gran mercado en que todos los seres humanos, como compradores o vendedores están en una competición constante. En esa competición hay vencedores y vencidos. El grupo de los vencedores es el compuesto por las grandes multinacionales- en su mayoría americanas-, y el de los vencidos son los países débiles y los sectores débiles de los países ricos.

 

Eso ya está relacionado con la teología: el reino del dinero no es algo insignificante para un cristiano- Además de eso el imperio mundial se muestra como representante oficial y como misionero del cristianismo. El tiene una ideología con base religiosa. El imperio es cristiano, fanáticamente cristiano, porque dirigido por una nueva clase que domina actualmente el partido republicano, la llamada nueva derecha. Eso también interesa a la teología.

 

Ocurre que el triunfo americano vació las otras ideologías y cuestionó las otras religiones- también los sectores del cristianismo que no se reconocen en el mesianismo norte-americano. En el mundo occidental las filosofías dominantes de la posmodernidad son las filosofías que predican el abandono de las grandes causas de la humanidad, el retorno a la casa, a un ideal pequeño-burgués, con un pensamiento “light” que se contenta con los pequeños placeres de la vida. El mundo pertenece al imperio, y los filósofos ofrecen recetas para quien busca consuelo.

La posmodernidad es un fenómeno europeo. Hay una toma de conciencia de que Europa perdió el liderazgo de la cultura occidental y de que ahora todo procede de los Estados Unidos.

 

La teología dominante, la del imperio, es la teología de la prosperidad. Ella garantiza que Dios dará la prosperidad a todos los que adhieren al sistema. Dios resuelve todos los problemas individuales; por consiguiente, no hay más problemas sociales. Como decía Margareth Thatcher: “la sociedad no existe, solamente existen individuos”. Si la sociedad no existe, necesitamos solo una religión para el individuo. Esa teología es difundida por decenas de millones de predicadores y misioneros pentecostales en todo el mundo. Todo quedó muy simple: Jesús salva, Jesús resuelve, Jesús perdona, Jesús da paz y felicidad a todos. Basta querer, basta aceptar… y hacer un depósito en la cuenta bancaria del misionero.

 

El imperio es un tema teológico de por sí, y merece serias reflexiones- aunque en la actualidad pocos se interesen por él, siendo ese el caso del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) de Costa Rica. Los teólogos vienen siguiendo el movimiento de la sociedad global. Delante del triunfo aplastante del sistema, quedaron intimidados. En ese sentido las Iglesias hoy están mudas- convencidas de que no se saca nada con hablar, toda vez que ¡“ellos” son demasiado fuertes!

 

El imperio está en la raíz de otro desafío: el de las grandes religiones mundiales. El imperio tiende a la globalización y aproxima a los pueblos. El lo hace a su manera: domina el mundo en nombre del Dios de los cristianos. El es la imagen histórica del cristianismo en medio del mundo. Lo que los Estados Unidos hacen, es hecho en nombre de la religión cristiana. Eso sitúa de manera muy específica las relaciones entre las religiones del mundo. El cristianismo es la religión del dominador, y las otras son religiones de los dominados. Es en ese contexto que debemos pensar las relaciones entre religiones. Dentro del imperio no podemos permanecer neutros porque ya estamos en un lugar determinado. Ya fuimos identificados. Podemos aceptar esa identificación o dar señales claras de que no solidarizamos con ella. Necesitamos definirnos en términos claros, de tal modo que nuestra posición sea visible. Debemos definir nuestras relaciones dentro del imperio mundial. No estamos encima del imperio o distantes de él, como un partido imparcial. Estamos dentro. ¿No se tiene la impresión de que las Iglesias hayan cortado todo lazo de dependencia del imperio?

 

¿Cómo se hará el encuentro con las grandes religiones del mundo con las cuales se identifican las grandes masas humanas? Si hoy las Iglesias quieren evangelizar, no pueden evitar el diálogo con la grandes religiones- como se hizo desde el siglo XVII, cuando Roma cortó las relaciones con las religiones de la China y de la India, condenando a los jesuitas que se habían lanzado a la misión. Fue la primera gran chance de evangelización perdida por causa del fetichismo de los dogmas. En aquella época, la burocracia vaticana fue más fuerte que el impulso de los misioneros. Y esa no fue la última vez.

 

En el presente, el problema está nuevamente puesto en condiciones que no fueron definidas por nosotros, sino por el imperio de los Estados Unidos. A los ojos de los otros, estamos del lado de los dominadores hasta que nos manifestemos claramente en el sentido contrario. Entre los dominadores y los dominados no podemos permanecer neutros, como si no tuviésemos nada que ver con eso. Estamos en el centro del drama. Quien no quiere escoger, ya escogió.

 

Delante de esa situación hay dos posiciones posibles. O creemos que, el camino de la evangelización del mundo pasa por el imperio americano, así como pasó por el imperio romano, por el imperio de Carlo Magno, por el imperio germánico y por el imperio español en América.

Sería, de cierto modo, ser fiel a una larga tradición histórica. Es bien posible que el imperio americano consiga cierta penetración cristiana en los países asiáticos o africanos mediante una penetración de sus misiones de tipo neo-pentecostal. Esto no puede ser descartado.

 

Los métodos del marketing mostraron su eficiencia en muchas áreas del comercio y de la cultura. Y, al final, el cristianismo es la religión de mayor potencia que jamás existió en la tierra, y muchos pueden quedar fascinados por la fuerza del imperio, procurando también asimilar alguna cosa de esa fuerza. Por otra parte, las minorías cristianas de la India, de la China y del Sudeste de Asia provienen, en gran parte, del prestigio de Portugal (Goa), de Inglaterra (India) y de Francia (Indochina). Ese prestigio desapareció casi completamente, pero las islas cristianas ya están suficientemente implantadas para permanecer y subsistir por sí mismas.

 

Hoy la cuestión adquirió nueva urgencia: el imperio dispone de medios infinitamente superiores a los de los imperios del pasado. ¿Es descabellado que movimientos misioneros esperen que la evangelización de las grandes religiones se haga por su vaciamiento y por la conversión masiva para el cristianismo en sus diversas variedades gracias a la fuerza del imperio? Sin embargo, incluso si fuese posible realizar la cristianización de los pueblos asiáticos por medio de la fuerza material y cultural del imperio, ¿podemos moralmente aceptar ese camino- una vez que la experiencia de los últimos siglos nos abrió los ojos? Sabemos como se hizo la cristianización de los pueblos en el pasado de la cristiandad. ¿Podemos simplemente ignorar toda esa experiencia y pensar que el imperio actual es más cristiano que los anteriores? La metodología estaría basada en el marketing. ¿Podemos practicar un simple marketing contando con las fuerzas del mercado para conquistar las almas de los pueblos? Bien sabemos que en el clero no faltará quien haga la apuesta de cerrar los ojos sobre los aspectos un poco desagradables del marketing con la esperanza de ganar la batalla y de hacer del cristianismo la religión mundial, y de la Iglesia Católica la orientadora de ese cristianismo mundial.

 

Podemos hasta imaginar que esa estrategia tenga éxito y que el mundo se torne cristiano por métodos de marketing. Pero, ¿qué tipo de cristianismo será difundido? ¿Todavía tendría algo de común con el evangelio de Jesucristo?

 

Si no creemos en la evangelización por el imperio americano (con todos sus apéndices), entonces somos convidados a buscar el diálogo. Pero eso no es fácil, porque los prejuicios son fuertes. Necesitamos deshacer la fama del orgullo, de la agresividad y de la dominación que nos preceden en el mundo. Necesitamos comprobar que desistimos de la conquista. A partir de ese cambio de actitud, con distanciamiento claro de toda la fuerza militar, política, económica y cultural del imperio, podremos iniciar el diálogo- prácticamente todavía no iniciado. El diálogo con las religiones del mundo es el contexto global en que se colocan hoy todas las cuestiones. La referencia a ese diálogo es una exigencia en todas las cuestiones teológicas.

 

El tema teológico actual nos fue impuesto por el imperio. El imperio nos incorporó en un sistema dominador. Necesitamos definirnos y definir el camino de la evangelización que queremos: ¿con las armas del imperio, o por el diálogo con las religiones del mundo?

 

 

 

p. José Comblin

 

Transcriptor-Editor: Enrique Orellana F.

 

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