Por José Comblin

 

 

 

Después de quedar libres del miedo, debemos liberarnos del deseo. Los deseos alimentan todavía más preocupaciones que los temores. Se trata del deseo de poseer, deseo de dominar para garantizar la posesión, lo que incluye la vigilancia constante para que otros no vengan a tomar posesión de aquello que es objeto de nuestros deseos.

 

La cultura occidental contemporánea, basada en una economía de consumo superfluo hace nacer seudo necesidades porque necesita muchos compradores para poder producir mucho. La economía está fundada en la cultura de los deseos. En las ciudades, ocurren exposiciones permanentes, despertando siempre nuevos deseos. No es por casualidad que los shoppings son las catedrales de hoy. Allí se celebra el culto del dinero, que permite satisfacer deseos y suscita más deseos todavía. Estamos en una cultura del deseo.

 

No es extraño que la vida religiosa, la vida comunitaria, las relaciones gratuitas entre personas tiendan a desaparecer. Durante el día entero, los niños aprenden a tener más y más deseos. La publicidad es la parte más importante de la economía. El marketing ocupa las personas más capaces. Producir es fácil, pero despertar deseos exige una creatividad siempre activa.

 

En una sociedad construida para suscitar deseos, el ser humano está perdido, sin rumbo. En su mayoría, sus deseos están frustrados por falta de dinero. El deseo frustrado genera malestar, inquietud, preocupación. Los contemporáneos andan preocupados por todo aquello que no pueden comprar y que se ofrece a los deseos.

 

Sin quedar libre de los temores y de los deseos no se puede tener acceso a la verdad. Jesús ya había condenado el culto al dinero y la parábola del sembrador muestra el efecto de una cultura fundada en el deseo. Ahora bien, si comparamos la cultura de aquel tiempo con la cultura de hoy, aumentó infinitamente todo lo que aleja de la acogida de la simiente.

 

Temores y deseos perturban más todavía si envuelven personas por objeto. En nuestra cultura, el miedo es tan grande que hasta en el casamiento ya está previsto el procedimiento que debe ser adoptado en el momento en que el matrimonio se separe. El deseo es tan fuerte que las uniones no duran. Un nuevo deseo basta para disolver el matrimonio y buscar otra pareja. Cada vez se habla menos de marido y mujer, esposo y esposa, y más de pareja. La unión está subordinada a la permanencia del deseo.

 

El temor tiene por objeto todos los que son diferentes: personas de otra raza, otra religión, otra cultura, otro nivel social. Jesús acoge y va al encuentro de aquellas personas que la sociedad rechaza: los pecadores, los paganos, los samaritanos que son herejes, las prostitutas, los publícanos que son ladrones públicos y, de modo general, las mujeres.

 

Jesús se coloca por encima de todos esos temores que pertenecen a la cultura del pueblo. Vence los límites de su cultura y queda abierto. Sin esa libertad, no es posible tener acceso a la verdad. Tampoco se ve que Jesús haya sido preocupado por un deseo no satisfecho. Acoge todo lo que el Padre pone a su disposición. Pero no desea, no acumula, no tiene propiedad. Está libre del dinero, y su relacionamiento es totalmente independiente del dinero.

 

 

* (Párrafos extractados del libro: “¿Qué es la verdad?”, (2007), Págs. 38-39, por teòlogo P. Josè Comblin. Traducción del portugués de Juan Subercaseaux A.

 

 

 

 

OTRO MUNDO ES POSIBLE Y OTRA IGLESIA TAMBIEN

A EXIGIRLO Y HACERLO, ES NECESARIO Y URGENTE

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SI TU NO LE HACES “LIOS” A LOS ABUSADORES ¿¡ ENTONCES QUIÉN ¡?

 

 

 

 

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